jueves 14 de abril de 2011

¿Fracasó en verdad la II República?

Como muchos saben, tal día como hoy, el 14 de abril de 1931, se proclamó en medio de un gran clamor popular, la II República Española. Hoy se cumplen 80 años de aquella fecha y, siendo yo un estudiante de Historia, no podía dejar de recordar este hecho tan trascendental para la democracia de nuestro país.

Se diría que en amplios sectores de la actual sociedad española ha trascendido al público una imagen de la II República como un período sumamente conflictivo y violento. Y como algo que condujo, irremediable y necesariamente, a la Guerra Civil. Esta imagen tiene que ver, al menos a mi parecer, con el lastre de los 40 años de la propaganda franquista, que ha influido, y sigue influyendo, enormemente en buena parte de las mentes de los españoles. Bien es verdad, además, que hay un sector de la historiografía conservadora que abunda en la dirección de subrayar el fracaso de la República y sus deficiencias democráticas.

Teniendo en cuenta lo que sabemos hoy, y estando los historiadores españoles ya liberados de la rémora franquista, convendría poner en conocimiento del público en general una visión más amplia del segundo período republicano de la Historia de España, que de ningún modo duró tan sólo 5 años (1931-1936), como frecuentemente se ha dicho, sino 8 (1931-1939) hasta su completa desaparición tras el triunfo de Franco.

Así pues, la República acometió un gran número de reformas en todos los planos, tanto en el político, como el social y el económico.

Acometió la reforma del ejército: y es que el ejército español era un ejército “puesto del revés”, y esto lo sabían tanto el propio ejército como Primo de Rivera. Comparada con la de cualquier otro ejército europeo, la cadena de mando del ejército español era desmesurada: el número de soldados era mucho mayor en España que en cualquier otro país; y el número de generales, coroneles y otros altos mandos, también; así, el número de altos mandos era muy desproporcionado con respecto a la cantidad de soldados que había. Teniendo en cuenta la cadena de mando y los gastos que su mantenimiento ocasionaba, el ejército español no estaba en condiciones de ser eficiente.

La reforma militar de Manuel Azaña, que tuvo un grandísimo prestigio tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, consistió en racionalizar el ejército; ofreció el retiro, manteniendo la paga, a todo el que se quisiera ir, se exigió el juramento de fidelidad a la República (el que no quisiera hacerlo se podría marchar) y el ejército mejoró, se hizo mucho más eficiente.

El aspecto negativo de la cuestión fue la propaganda de la derecha anti-republicana, que acusó a Azaña de querer “triturar el ejército”, sostenía que la República era “enemiga del ejército”. Éstas críticas difamatorias no tenían otro objetivo que crear una animadversión hacia la República.

La paradoja está en que, dado que Azaña no quería triturar el ejército sino darle una estructura más racional, y que en buena parte lo consiguió, desgraciadamente luego un sector (repito: un sector, que no todo) de ese ejército se volvió en contra de la República dando comienzo a la Guerra Civil.

Por otra parte, en el plano religioso se avanzó en la línea de la separación entre la Iglesia y el Estado, instauración del matrimonio civil, legalización del divorcio, avance de la enseñanza laica, secularización del Estado, etc. Y esto no pretendía ni más ni menos que situar a España a la altura de los demás países europeos de nuestro entorno. Se limitó la presencia de las órdenes religiosas en la vida pública española, se les prohibió el ejercicio de la docencia, hasta entonces coto reservado exclusivamente a la Iglesia, y se disolvió la orden de los jesuitas, y si se hizo ésto fue por su negativa a abolir su cuarto voto: obediencia única al papa, un poder extra-estatal. El resultado de esta política fue que muchos sectores católicos se radicalizaron contra la República, acusándola de “anticlerical”, “atea” y de que “perseguía a la Iglesia”.

También abordó la eterna cuestión: la “cuestión nacional”. Y lo hizo con el estatuto catalán, el “Estatuto de Nuria” de 1932, con la idea de desarrollar sucesivos estatutos para otras regiones españolas, como la actual Comunidad Valenciana. También se aprobarían los estatutos del País Vasco y el de Galicia, aunque éste último no llegaría a probarse debido el estallido de la Guerra Civil. Es por eso que, cuando la Constitución de 1978 habla de Cataluña, el País Vasco y Galicia como “nacionalidades históricas” se refiere al período republicano. De hecho, y ésta es una cuestión que siempre se ha soslayado pero que conviene recordar, el antecedente directo, la esencia, del actual Estado de las Autonomías se encuentra en la II República.

Este proceso no fue nada fácil. Hubo multitud de presiones y debates en el seno de la sociedad; “España se rompe”, clamaba la derecha, “la República está destruyendo al país”.

También en el plano social las reformas de la República fueron muy importantes, sobre todo en el sentido de dar garantías tanto al campesinado y a los trabajadores agrícolas como la clase obrera urbana de mejorar sus condiciones de trabajo. La República acometió la famosa reforma agraria, que, en contra de lo que se piensa y se ha sostenido, no fue muy radical (de hecho, los gobiernos conservadores de algunos países del este de Europa llevaron a cabo reformas agrarias aún más radicales que la española). La reforma agraria de la República española limitaba la fuerza de importantes sectores terratenientes, razón por la cual, evidentemente, generó su correspondiente respuesta por parte de las derechas.

La “desgracia” de la República es que quiso llevar a cabo una serie de reformas que, si bien fueron modernizadoras, se hicieron en el contexto de una grave crisis económica mundial en la que cayó la producción y aumentó el paro de forma vertiginosa. Nos referimos, por supuesto, a la gran crisis de los años 30 que comenzó con el célebre Crack del 29.

Este contexto social y político, tanto nacional como internacional, ayuda a explicar la agudización de la lucha de clases (campesinos contra terratenientes, obreros contra patronos, etc. Decía Umbral que la Guerra Civil fue una guerra “de ricos contra pobres”, y tenía razón).

¿Fracaso entonces la República, como se ha dicho tantas veces?

Por supuesto, la respuesta no ha de limitarse a los extremos de decir que la República fue maravillosa o que la República fue un completo desastre.

Lo cierto es que la República tuvo muchos problemas, y muchos republicanos cometieron importantes errores, como muestra la radicación del PSOE después de 1933, por ejemplo, o la actitud siempre conflictiva de la CNT y los anarquistas. Desde luego, en 1936, tras el triunfo del Frente Popular, vuelven a agudizarse los conflictos obreros, ya que éstos quieren recuperar el terreno perdido durante el gobierno anterior de la derecha (el gobierno de la CEDA y el Partido Radical, período conocido por algunos como “bienio negro”). Se habla, y es verdad, de un momento de máxima crispación entre febrero y julio de 1936. Hay enfrentamientos armados, atentados con muertos, violencia y quema de conventos. Una espiral de violencia sobre la cual, sin embargo, hay que hacer unos matices importantes, unos matices que conviene destacar para tratar de desterrar ideas del pasado.

En primer lugar, había una violencia provocada y estratégicamente buscada; la violencia de la derecha, nos referimos a la Falange Española, organización violenta, fascista, y que hoy en día, sin ninguna duda, podríamos calificar de grupo terrorista. La Falange utilizaba la violencia armada atentando tanto contra dirigentes obreros y socialistas como contra representantes de la República o que eran tenidos por tales. Esta violencia era, a su vez, respondida. Y esto marca una diferencia con, por ejemplo, la Italia fascista de Mussolini. Estamos queriendo decir que en España la violencia fascista sí era respondida por los comunistas y anarquistas, y con la misma moneda. Y si no era respondida con la misma moneda, se producía entonces un efecto: la quema de conventos. Así por ejemplo, un atentado falangista contra la casa del pueblo socialista, era respondido con la quema de la iglesia del mismo pueblo. Y esto se debía a que la Iglesia era el enemigo reconocible y perfectamente localizable.

Hecha esta matización, no es necesario hacer un juicio de intenciones sobre su carácter violento, pues se conserva una carta del jefe de Renovación Española a Mussolini, fechada en junio de 1936, en la cual le explique la situación en España y le pide dinero y ayuda para sufragar el golpe de Estado que están preparando en el país. En esta carta también se explica al dictador italiano que Renovación Española está financiando a la Falange para organizar la violencia y provocar un efecto reactivo para el posterior golpe de Estado. Así pues, aquí ni siquiera hace falta el análisis del historiador, ya que todo está claramente expuesto en la propia documentación de los que preparaban el golpe.

La segunda matización es esta: hay que tener en cuenta que la espiral de violencia habida entre febrero y julio de 1936 que la historiografía conservadora ha magnificado tanto como elemento justificativo del golpe de Estado de julio, en términos comparativos no sería tan extraordinaria; en términos comparativos no sólo con la Italia inmediatamente anterior a Mussolini o la Alemania inmediatamente anterior a Hitler, sino ni siquiera con la dinámica de la violencia en España antes de 1923, en los tiempos de la famosa Barcelona del pistolerismo. Lo decía, poco antes del golpe de Estado, el propio Francesc Cambó, famoso dirigente catalán conservador, que luego apoyaría a los sublevados, pero que en julio de 1936 declaraba que “lo peor que podría pasar en este momento es un golpe de los militares”, ya que este hecho podría provocar una reacción revolucionaria, también porque había que dejar que el propio gobierno se desgastase para que luego la derecha ganase en las elecciones y además porque, y esto lo afirmaba literalmente Cambó, de todas formas la violencia previa a la guerra civil era bastante inferior a la violencia que existía entre los años desde 1918 a 1923. Por tanto, queda así demostrado cómo el clima de violencia que se vivía entonces no justificaba ni mucho menos, ni tenía por qué conducir irremediablemente, a una guerra civil.

Continuando con la respuesta de si fracasó o no la República, deberíamos señalar también que quienes fracasaron en el periodo de 1931 a 1936 fueron los propios enemigos de la República, o los “amigos” de la República que adoptan posiciones insurreccionales o violentas. Y es que se dan varias insurrecciones anarquistas, todas aplastadas por el gobierno de la República.

Debemos hablar aquí de otro suceso de importancia capital: la insurrección de 1934, también denominada como Revolución de Asturias. Este hecho ha sido esgrimido por los historiadores conservadores o revisionistas como el casus belli para el inicio de la guerra civil. Hay quienes defienden, como decimos, que la guerra civil empezó en ese momento.

Este argumento es absurdo, no se sostiene.

En Asturias hubo una insurrección obrera, apoyada por el PSOE y el PCE que fue aplastada por el gobierno de la República en ese momento, el gobierno conservador radical-cedista.

No obstante, para poder entender la Revolución de Asturias de 1934 hay que situarla en su contexto. En 1933 llega Hitler al poder, sin resistencia social. Los nazis aplastan entonces a las organizaciones obreras y a la democracia alemana. Y en febrero de 1934 quien aplasta la democracia en Austria, con algunas resistencias de la clase obrera en Viena, es el partido de Engelbert Dollfuß. Este partido es el primo hermano de la CEDA, el partido mayoritario de la derecha en España. Y el periódico de la CEDA, en febrero de 1934, aplaude y celebra el hundimiento de la democracia austriaca a manos del partido de Dollfuß.

Ofrezco aquí un extracto de un discurso pronunciado por José María Gil-Robles que, a mi parecer, resume perfectamente las intenciones de la CEDA en caso de alcanzar el gobierno:

Se quería dar en España una verdadera unidad, un nuevo espíritu, una política totalitaria. Nuestra generación tiene encomendada una gran misión. Tiene que crear un espíritu nuevo, fundar un nuevo Estado, una nación nueva; dejar la patria depurada de masones, de judaizantes… hemos de hacer de España una gran nación; hemos de someter férreamente a los de arriba y a los de abajo.

Hay que ir a un Estado nuevo, y para ello se imponen deberes y sacrificios. ¡Qué importa que nos cueste hasta derramar sangre! Para eso nada de contubernios. No necesitamos el poder con contubernios de nadie. Necesitamos el poder íntegro, y eso es lo que pedimos. Entre tanto, no iremos al gobierno en colaboración con nadie. La democracia no es para nosotros un fin, sino un medio para ir a la conquista de un Estado nuevo. Llegado el momento, el Parlamento o se somete o le hacemos desaparecer.

Fragmento de un discurso pronunciado por José María Gil-Robles en el Teatro Monumental de Madrid el 15 octubre 1933.

Y en octubre de 1934, la CEDA, en coalición con el Partido Radical-Republicano de Alejandro Lerroux, coloca a tres de sus miembros en el gobierno de la República. La CEDA que llega al gobierno es un partido que, como acabamos de ver, nunca aceptó explícitamente la República, es un partido que, como hemos visto, aplaudió el aplastamiento de la democracia en Austria. Esto es lo que provoca la reacción defensiva. Por tanto, la idea que subyace en la Revolución de Asturias de 1934 es, y lo decían los propios socialistas, “antes Viena que Berlín”, es decir: si nos tienen que aplastar, por lo menos, resistamos. Y si para eso hay que hacer la revolución, se hace. Ésa es la razón de la Revolución de Asturias.

Pero demos un paso más: la Revolución de Asturias ¿fue un error, especialmente de los socialistas? Sí, porque los socialistas no confiaron, precisamente, en las propias estructuras de la II República, porque temían que la CEDA acabase con la democracia nada más llegar al poder. Y no fue así porque, una vez aplastada la Revolución de Asturias, no cayó la democracia. Una vez entró la CEDA al gobierno, ni el sector republicano del mismo ni el propio Presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, permitieron que la CEDA diese pasos hacia la supresión de la democracia o la República. Aunque el objetivo manifiesto de la CEDA sí fuese acabar con la República; de hecho, el eslogan de su campaña política de ese mismo año era “a por los 300”, es decir: si conseguimos 300 escaños y obtenemos la mayoría absoluta podremos hacer lo que queramos.

Además, tras la revolución de Asturias de 1934 la mayoría del PSOE va a evolucionar en una dirección de asumir que el levantamiento fue un error y que no debía volver a repetirse.

Así, como acabamos de ver, los gobiernos de izquierda aplastaron las revoluciones anarquistas y el gobierno de derecha aplastó la insurrección asturiana.

Además, hay que tener en cuenta que la derecha antiliberal (los fascistas de Falange y los nacional-católicos de Acción Española) está conspirando contra la República prácticamente desde el mismo 14 abril. De hecho, en 1932 se produce un golpe de Estado liderado por el general José Sanjurjo, la Sanjurjada, que es aplastado por el gobierno.

También, en 1934, un grupo de conspiradores monárquicos y carlistas van a ver a Mussolini y le piden ayuda. Mussolini y les da 500.000 pesetas de la época, que no eran poca cosa, para organización y propaganda, y pone a su disposición armas, que se depositan en la actual Libia, entonces colonia italiana. El dinero se lo gastan, claro, pero no tienen suficiente fuerza como para intentar otro golpe de Estado. Así pues, esta expedición también fracasa.

Como ya hemos dicho, además, José Antonio Primo de Rivera, el dirigente de la Falange, recibía dinero de la Italia fascista.

Lo cierto es que, hasta 1936, ninguna de estas intentonas golpistas tuvo éxito. El partido fascista, la Falange, nunca consiguió hacerse el amo de la calle, como sí sucedió en la Italia inmediatamente anterior a Mussolini. Tampoco se convirtió en un partido de masas. Por el contrario, el partido fascista italiano cuando llega al poder ya es un partido de masas. Y el partido nazi en Alemania también, de hecho fue el partido más votado en el país a su llegada al poder. Sin embargo, en España el partido fascista obtiene un 0,7% de votos en las elecciones de 1936. Es decir, la vía fascista también ha fracasado.

Y también ha fracasado la vía electoral de la derecha; la CEDA pretende llegar al poder en febrero de 1936 para reformar la Constitución, "acabar con el parlamento si no se somete", en una perspectiva antiliberal. Pero la CEDA también sale derrotada en las urnas.

Así pues, desde ese punto de vista creo que queda demostrado cómo la democracia republicana supo resistir las embestidas de la extrema izquierda y la extrema derecha.

En cuanto al contexto internacional (otro punto que obvian los críticos contra la República) hay que decir que 1936 había varias dictaduras en Europa: Portugal, Austria, Italia, Alemania, todo el mediterráneo europeo y algunos países del este. Quedaban algunas democracias, como las de los países escandinavos, la francesa, que estaba en una situación de guerra civil larvada, la inglesa, con clara hegemonía de la derecha liberal parlamentaria, la checoslovaca y, hasta julio, la española.

Podríamos decir entonces que toda la Europa continental, salvo el norte, está plagada de dictaduras. Prácticamente, las dos últimas democracias en caer en ese territorio lo hacen a la vez: son la checoslovaca y la española. Y la checoslovaca cae por intervención directa de la Alemania de Hitler. La española, en parte, también.

Así pues, el hecho es que la democracia española aguantó, la II República aguantó. De todas las democracias que caen en Europa en el período de entreguerras, el español es el único caso en que la democracia resistió, con todas sus limitaciones, con una brutal guerra civil, pero durante tres años aguantó.

Sin embargo, cuando Mussolini llega al poder en Italia no hay resistencia popular; cuando Hitler llega al poder en Alemania, tampoco la hay. Unos días después del comienzo de la Guerra Civil española se da un golpe de Estado en Grecia ante el que no hay contestación social. Cuando caiga Francia bajo el influjo nazi, la resistencia antifascista no aparecerá en el país hasta un año más tarde. Vemos así cómo la democracia española es la única capaz de resistir, aunque sólo sean tres años.

Con estos argumentos se puede entonces disentir ante lo que defienden historiadores como Stanley G. Payne o Gabriele Ranzato, quienes dicen que la II República, en los momentos previos a la Guerra Civil, ya no era una democracia.

Todo lo contrario, la II República era ciertamente una democracia. Era una democracia en crisis, sí, igual que lo eran todas las democracias europeas del momento. Como se ve, el español no era en absoluto un caso aislado.

Más aún. Hace sólo una semana
el diario El País reveló el hallazgo de unos documentos pertenecientes a Niceto Alcalá-Zamora, primer jefe de Estado de la II República Española. En esos papeles, apuntes y dietarios personales de Alcalá-Zamora, se pone de manifiesto cómo el ejército intenta ganarse su colaboración para un golpe de Estado y el enérgico rechazo del jefe del Estado a cualquier participación en el mismo. “No conviviría con nada que sea golpe de Estado, hechura de este o situación de fuerza”. Todavía más: Cuando el 8 de abril, un coronel le pide “en nombre del ejército” que destituya al Gobierno de Azaña en respuesta al “golpe de Estado” de la Cámara que le ha destituido, responde: “Me niego en absoluto. Mi camino es otro”(1).

Todas estas palabras, escritas de puño y letra
ya en 1936 por Alcalá-Zamora, dejan clara una vez más la estabilidad de la II República.

Niceto Alcalá-Zamora, como todos sabemos,
era conservador, católico y practicante. Pero era plenamente consciente de la legalidad del régimen republicano y de su papel como jefe del Estado. Es más, en cualquier momento podría haber dimitido, ya que como católico podría haberse mostrado contrariado por las reformas en lo tocante a la Iglesia que llevó a cabo el gabinete de Azaña. Pero no, nunca dimitió. Incumplió un artículo de la Constitución y por ello fue legalmente destituido, pero nunca dimitió. Al contrario, Alcalá-Zamora entendió que esas reformas no pretendían “borrar” al catolicismo de España, sino simplemente poner al país a la altura de sus vecinos europeos.

Y también podemos decir que no sabemos si, realmente, la República habría llegado a fracasar o no como sistema de no ser por la Guerra Civil. Lo que sí es cierto es que la República acabó por un golpe de Estado, un golpe de Estado antidemocrático, antiliberal y anti-republicano.

Por otra parte, el fin de todo golpe de Estado es la toma inmediata del poder, cosa que el 18 julio 1936 no se consiguió. Por lo tanto, podemos decir que ese fue un golpe de Estado fracasado. Y es el fracaso de este golpe de Estado lo que provoca la Guerra Civil.

Es cierto que la II República estuvo plagada de tensiones, es verdad que los republicanos cometieron muchos errores. Hubo violencia, aunque no excepcional, en términos relativos. Pero lo cierto es que si era una democracia, una de las pocas de su tiempo que aguantó tres años.

Quienes dicen que la II República no era democrática han de tener en cuenta que el único partido ilegalizado a la altura de 1936 era la Falange, el partido fascista, y se ilegalizó por motivos estrictamente relacionados con sus prácticas violentas; unas prácticas que, sin duda, hoy llamaríamos terroristas.

Había partidos, además, que en sus discursos apelaban directamente a la guerra civil, como Renovación Española o algunos dirigentes de la CEDA.

Sin embargo, todos los demás partidos (salvo Falange, como ya hemos dicho), por muy de extrema derecha que fuesen, eran completamente legales. Esto ya debería bastar para demostrar que la II República sí era democrática.

Pocos días antes del estallido de la Guerra Civil aconteció un hecho especialmente violento: el asesinato del dirigente conservador José Calvo-Sotelo a manos de unos miembros de la Guardia de Asalto, la policía republicana. La historiografía conservadora y franquista ha tratado de presentar también este hecho como el casus belli de la Guerra Civil. Esto es completamente absurdo, pues de sobra es sabido que el golpe de Estado llevaba mucho tiempo tramándose y que, de todas formas, no se prepara un golpe de Estado en dos días después de un asesinato.

El golpe de Estado había empezado a prepararse ya el 8 marzo 1936, en una reunión en Madrid. El asesinato de Calvo-Sotelo sólo consiguió que algún militar indeciso se acabase sumando al golpe.

Por otra parte, el asesinato de Calvo-Sotelo no fue un crimen de Estado. Fue un crimen, completamente execrable, por supuesto, de unos integrantes de la Guardia de Asalto como venganza por el asesinato días antes de un compañero, José Castillo, a manos de unos falangistas.

Y hay que decir también que mientras los generales sublevados siempre expresaron propósitos despiadados y sanguinarios hacía sus enemigos, varios gobernantes de la República exhortaron a su pueblo en repetidas ocasiones a abstenerse de violencia sin venganzas.

Así, por ejemplo, Emilio Mola, uno de los principales dirigentes de las tropas sublevadas, declaraba a los pocos días la sublevación:

Una guerra de esta naturaleza ha de acabar con el exterminio de uno de los dos bandos y por el exterminio absoluto y total del vencido.

Ante esto, el presidente de la República, Manuel Azaña, decía:

Ninguna política se puede fundar en la decisión de exterminar al adversario. Yo me opondré con el peso de mi autoridad y con todo el poder que tenga, moral o personal, donde quiera que esté, a que nuestro país, el día de la paz, pueda entrar nunca en un rapto de enajenación por las vías del odio, de la venganza o del sangriento desquite.

También tenemos a Indalecio Prieto, hombre fuerte del PSOE, que en su día escribió en el periódico del partido:

Ante la crueldad ajena, la piedad vuestra; ante la sevicia ajena, vuestra clemencia; ante los excesos del enemigo, vuestra benevolencia generosa. ¡No los imitéis! ¡No los imitéis! Superadlos en vuestra conducta moral; superadlos en vuestra generosidad.

No obstante, es cierto que las llamadas a la calma de algunos dirigentes republicanos no fueron muy escuchadas. Más aún: mientras que en la zona sublevada fueron los mandos militares los que ordenaron las matanzas, en la zona republicana estas corrieron a cargo de la “justicia revolucionaria”.

Aún así, incluso teniendo en cuenta la crueldad de muchos combatientes del lado republicano, ello no justifica ni el golpe de Estado ni la represión franquista.

No hay que olvidar tampoco que la brutal represión de Franco continuó mucho después de que acabase la guerra civil.

Desde marzo hasta julio los rumores sobre un posible de Estado no hace más que sucederse. Y el gobierno republicano tomó medidas: dispersó a los generales más descontentos, mandó a Franco a Canarias y a Mola a Navarra (lo cual fue un completo desacierto, pues su nuevo destino le permitió a Mola contactar con los sectores más descontentos con la República: los carlistas).

Como podemos ver, la República no se mantuvo en ningún momento inmóvil, como muchas veces se le ha reprochado, ante estos rumores de golpe de Estado. Quizás podría haber hecho más, pero lo que no podía hacer de ningún modo era declarar el estado de sitio, pues eso hubiera supuesto entregar directamente el poder a los militares, con lo cual no hubiera hecho falta ningún golpe de Estado, porque se le habría entregado directamente los mandos del Estado al enemigo.

Hay que dejar claro también que la CEDA como partido no estuvo involucrada en el golpe de Estado, aunque sabía que se estaba preparando y dio a los golpistas el dinero que les había sobrado de la campaña electoral. Y también es cierto que algunos hombres de la CEDA sí tuvieron conversaciones directas con los militares golpistas. Y algunas organizaciones vinculadas directamente a la CEDA si estuvieran dentro del golpe de Estado. Aunque debe quedar claro, otra vez, que la CEDA como partido nunca estuvo involucrada.

Así, no puede pensarse de ningún modo que el clima de violencia que había en España días antes del golpe de Estado conducía irremediablemente a la Guerra Civil. En esos momentos en España no había más violencia que, por ejemplo, en Alemania o Italia días antes de la llegada de Hitler o Mussolini.

Hay que tener en cuenta, además, que gran parte de los juicios negativos que se vierten aún hoy día sobre la II República son, tal y como hemos dicho al principio, un lastre de los 40 años del franquismo. Es evidente que el franquismo tenía que tratar por todos los medios de desprestigiar al enemigo contra el que había hecho la guerra.

Los hay que dicen que ambos bandos cometieron errores, que ambos bandos son culpables, si bien los franquistas más que la República, del estallido de la Guerra Civil. Lo que no se dice es que si se dio tal conflicto fue, única y exclusivamente, porque un sector del ejército (repito: sólo un sector, no todo) se sublevó en contra del gobierno de la República, el gobierno legítimo de España. Por lo tanto, aunque sólo sea por eso, creo poder decir que los muertos de ambos bandos no merecen igual consideración. Ambos merecen una sepultura digna, sí. Pero no igual consideración. Es decir, no se puede considerar que todos fueron “culpables” del estallido de la guerra. Eso supondría ignorar que la gran mayoría de partidos políticos y fuerzas sociales lucharon contra el golpe militar para restablecer la República y su régimen democrático. Escudarse en relativismos es rehuir el reconocimiento de que, de los que llaman dos bandos, uno era demócratico y el otro era antidemócratico, y que un Estado democrático como la España actual no puede considerar a los muertos de ambos lados por igual.

Es cierto que los defensores de la República y de su democracia cometieron violaciones de derechos humanos que también deben denunciarse. Pero ello no elimina la definición de aquel conflicto como un conflicto entre los que defendieron un régimen democrático, y los que lo destruyeron. Y hasta que ello no se reconozca, la democracia española y los valores que se transmitan no serán plenamente democráticos.

Creo que si se quiere consolidar o perfeccionar la democracia española no se pueden tener monumentos dedicados a la antidemocracia, como los monumentos a Franco, que todavía los hay, sino que habría que erigir monumentos a la democracia: yo no he visto, creo, monumentos erigidos a los españoles que lucharon contra el totalitarismo nazi, a los españoles que liberaron París, no he visto estatuas ni monumentos dedicados a las milicias republicanas. Y todos ellos se merecen el reconocimiento de nuestra sociedad y de la política. Ya es hora, hace tiempo que les llegó la hora. Sin embargo, la derecha parece no acordarse de ellos. Cuando se les plantea levantarles un monumento, exhumar las fosas de Franco, rescatar los cuerpos del submarino republicano hundido en las costas de Málaga por los nazis durante la Guerra Civil, enseguida recurren a su comodín favorito: se niegan porque “no hay por qué que reabrir heridas innecesariamente”. No obstante, cuando se quiso de identificar y repatriar los cuerpos de los combatientes españoles en la División Azul, el gobierno de Aznar no puso reparo alguno.*

Y eso está bien, aunque sólo sea por humanidad. Es moralmente correcto resarcir a los familiares de los fallecidos en el frente ruso entregándoles sus cuerpos para que puedan darles sepultura en paz, aunque esos fallecidos de la División Azul defendieran ideas fascistas y totalitarias con las que no estoy en absoluto de acuerdo. Pero lo que no es correcto, al menos según yo lo veo, es esa diferencia de tratos: si se trata de republicanos, la derecha se niega; si se trata de sublevados o afines, la derecha no pone tantas pegas. No es justo.

A Mamen, mi abuela.





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* El País, 20 de marzo de 2003. Por más que lo he intentado, no he encontrado la noticia en Internet, pero sí tengo la página fotocopiada que lo prueba.

BAHAMONDE, Ángel (Coord.) Historia de España. Siglo XX Cátedra, Madrid, 2007.

NAVARRO, Vicenç El subdesarrollo social de España Anagrama, Barcelona, 2007.

RANZATO, Gabriele El pasado de bronce Destino, Barcelona, 2007.

SAZ CAMPOS, Ismael Fascismo y franquismo PUV, Valencia, 2004.


2 comentarios:

caracolguay@hotmail.es dijo...

no solo fracasó sino que se instauró ilegalmente tras unas elecciones municipales.Sería igual que si tras las proximas elecciones municipales ganase el PP y por este motivo se nombrase a Rajoy presidente.Se aprecia que tu cultura historica es bastante limitada y tremendamente partidista.¿Fué acaso Largo Caballero un adalid de la democracia para que se le dedique una escultura en Madrid?

A. HACHE dijo...

Hola Caracolguay,

Antes de nada, creo que las opiniones, sean contrarias o no, deben expresarse siempre desde el respeto. Por tanto, creo que acusarme de tener una "cultura histórica bastante limitada y tremendamente partidista" está completamente de sobra.

Por cierto, te digo, sin acritud, que "fue", palabra que tú has acentuado, hace muchísimos años que dejó de llevar tilde de forma definitiva.

Por último, quiero pedirte disculpas por haber tardado tantísimo en contestarte. Voy a empezar los exámenes a finales de este mes y eso me roba muchísimo tiempo.

Espero volver a verte por aquí. Esta es una página abierta a todos donde no se censura a nadie. Y, si le echas un ojo, verás que se habla de los más diversos temas, no sólo de Historia.

¡Un saludo!