miércoles 4 de mayo de 2011

Sobre la legitimidad de la II República

El pasado 14 de abril, día del 80º Aniversario de la proclamación de la II República Española, yo escribí un artículo conmemorando la fecha. Dicho artículo, que no tenía otro fin más que reivindicar su memoria, ha generado su correspondiente polémica. Y eso está muy bien, me gusta. Eso genera debate, alimenta las mentes. Y siempre es saludable cuestionar las ideas establecidas, siempre que se haga desde el respeto, por supuesto.

El artículo en cuestión es justo el anterior a este: ¿Fracasó en verdad la II República?, del jueves 14 de abril de 2011.

La polémica surgió a raíz del comentario (que se puede ver clicando en la pestaña "comentarios" del artículo en cuestión) de un lector que cuestionaba mi visión sobre la legalidad republicana aduciendo que la II República era ilegal dado que fue instaurada tras unas elecciones municipales y no presidenciales. "Sería igual que si tras las proximas elecciones municipales ganase el PP y por este motivo se nombrase a Rajoy presidente", dice nuestro amigo.

Bien. Primero, decir que no se pueden juzgar los acontecimientos del pasado con los ojos del presente. Cada hecho histórico pertenece a su tiempo, a su lugar y a su contexto social, político y económico, y bajo tales circunstancias debe ser siempre juzgado.

En caso de no actuar así se corre el peligro de cometer errores como decir que Isabel la Católica era franquista, por ejemplo.

Sí, cosas como esa he oído yo. Y peores también.

La misión de un historiador consiste en ofrecer una visión rigurosa sobre el pasado que sirva de guía a la sociedad para construir su presente y su futuro.

Pero esa visión del pasado no es única, puede ser rebatida o enriquecida con nuevos argumentos, siempre que éstos se asienten sobre unas fuentes palpables y verificables.

Con este galimatías quiero decir que discrepo con la visión de la II República como régimen fracasado e ilegítimo. Me parece completamente absurdo. Y diré por qué:

Primero: porque el régimen anterior, tras la dictadura de Primo de Rivera (que era ilegal ya que rompía el orden constitucional de entonces), carecía de toda legitimidad.

Segundo: porque, a lo sumo, lo que debía hacer el régimen constitucional de Alfonso XIII es tratar de recuperar esa legitimidad perdida, pero esto es justamente lo que no se produjo merced a las elecciones del 12 de abril.

El argumento de la ilegitimidad republicana es, de nuevo, en sí mismo, absurdo y extemporáneo, ya que hasta el propio Alfonso XIII admitió el carácter plebiscitario que había tomado la consulta del 12 de abril (precisamente por eso se fue al exilio). Y nadie, ni el mismo Sanjurjo, quiso intervenir (al menos en ese instante) contra lo que todo el mundo (y toda la historiografía, menos Ricardo de la Cierva) consideraba una clara manifestación de la voluntad popular.

Sobre la segunda pregunta de nuestro lector: No, Largo Caballero no fue nunca un adalid de la democracia liberal. Pero también hay que juzgar a Largo Caballero en su contexto: y es que, en la década de los 30 del siglo pasado, las democracias europeas estaban demostrando ser de todo menos fiables: con su política de apaciguamiento, Francia e Inglaterra no hacían sino animar a Hitler, quien, a la postre, demostró ser el auténtico enemigo a batir, aparte de Stalin y sus verdaderos horrores. Y el Pacto de No Intervención no hizo más que empeorar la situación. De hecho el Pacto de No Intervención pronto sería conocido por la izquierda europea del momento como el Pacto de No (querer ver la) Intervención; concretamente la intervención de Hitler y Mussolini. Este hecho fue lo que provocó que al gobierno de la República no le quedase más remedio que jugar la carta rusa. Y, en este contexto nacional e internacional, no es extraño que causas como la de Largo Caballero ganasen adeptos en plena Guerra Civil. Adeptos desesperados que se sintieron terriblemente atemorizados al ver cómo las demorcracias liberales europeas abandonaban a la República, ante lo cual no les quedó más remedio que entregarse a la causa marxista o anarquista.

Y, por cierto, la estatua a Largo Caballero está dedicada en cuanto a que fue Ministro de Trabajo y Previsión Social. Y te aseguro que durante su ministerio, la clase obrera fue dotada con la legislación más progresista hasta entonces: se legalizaron las asociaciones obreras y todas sus actividades, mediante el Decreto de Inspección del Trabajo trató de protegerse a los obreros de los abusos a que eran sometidos en las fábricas, se aprobó la Ley de Subsidios por Accidentes de Trabajo, se estableció la jornada laboral de 8 horas para el campesinado, se prohibió el empleo de todos los trabajadores que vivieran fuera del municipio en donde estaban enclavadas las fincas mientras todos los trabajadores de ese municipio no hubieran obtenido trabajo. La legislación de Largo Caballero, además, provocó la casi duplicación de los salarios en el sur de España durante el primer bienio republicano (Octavio Ruiz Manjón-Cabeza, La Segunda República y la Guerra. No sé de qué año es, lo siento). En resumen, como Ministro de Trabajo Francisco Caballero logró mucho más para el movimiento obrero que todo lo que se hizo durante la monarquía de Alfonso XIII o las dictaduras de Primo de Rivera y Franco. Y, sólo por eso, Francisco Largo Caballero sí se merece una estatua.

De modo que la República, al parecer de la gran mayoría de los historiadores nacionales e internacionales, no fue para nada ilegal. Al contrario: fue el régimen legítimo de España. Y no es que fracasó, es que la hicieron fracasar. La hicieron fracasar por un golpe de Estado, éste sí completamente ilegal, perpetrado el 18 de julio de 1936. Un golpe cuyas consecuencias continuaron aún mucho después de acabada la guerra en 1939, con la represión franquista.

Podéis leer, si queréis, el último libro de Paul Preston El Holocausto español, Debate, Barcelona 2011. En este libro se repasa también pormenorizadamente la brutal represión republicana, así que no es nada partidista.

Pero como a mi habrá quien no me crea nada (o poco) de lo que acabo de decir, sugiero, si os apetece, que leáis la trilogía que le ha dedicado a la II República Ángel Viñas, reputado y solvente historiador. También podéis leer a Paul Preston, Gabriel Jackson, Ángel Bahamonde o Ismael Saz Campos, todos ellos reconocidos historiadores.

jueves 14 de abril de 2011

¿Fracasó en verdad la II República?

Como muchos saben, tal día como hoy, el 14 de abril de 1931, se proclamó en medio de un gran clamor popular, la II República Española. Hoy se cumplen 80 años de aquella fecha y, siendo yo un estudiante de Historia, no podía dejar de recordar este hecho tan trascendental para la democracia de nuestro país.

Se diría que en amplios sectores de la actual sociedad española ha trascendido al público una imagen de la II República como un período sumamente conflictivo y violento. Y como algo que condujo, irremediable y necesariamente, a la Guerra Civil. Esta imagen tiene que ver, al menos a mi parecer, con el lastre de los 40 años de la propaganda franquista, que ha influido, y sigue influyendo, enormemente en buena parte de las mentes de los españoles. Bien es verdad, además, que hay un sector de la historiografía conservadora que abunda en la dirección de subrayar el fracaso de la República y sus deficiencias democráticas.

Teniendo en cuenta lo que sabemos hoy, y estando los historiadores españoles ya liberados de la rémora franquista, convendría poner en conocimiento del público en general una visión más amplia del segundo período republicano de la Historia de España, que de ningún modo duró tan sólo 5 años (1931-1936), como frecuentemente se ha dicho, sino 8 (1931-1939) hasta su completa desaparición tras el triunfo de Franco.

Así pues, la República acometió un gran número de reformas en todos los planos, tanto en el político, como el social y el económico.

Acometió la reforma del ejército: y es que el ejército español era un ejército “puesto del revés”, y esto lo sabían tanto el propio ejército como Primo de Rivera. Comparada con la de cualquier otro ejército europeo, la cadena de mando del ejército español era desmesurada: el número de soldados era mucho mayor en España que en cualquier otro país; y el número de generales, coroneles y otros altos mandos, también; así, el número de altos mandos era muy desproporcionado con respecto a la cantidad de soldados que había. Teniendo en cuenta la cadena de mando y los gastos que su mantenimiento ocasionaba, el ejército español no estaba en condiciones de ser eficiente.

La reforma militar de Manuel Azaña, que tuvo un grandísimo prestigio tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, consistió en racionalizar el ejército; ofreció el retiro, manteniendo la paga, a todo el que se quisiera ir, se exigió el juramento de fidelidad a la República (el que no quisiera hacerlo se podría marchar) y el ejército mejoró, se hizo mucho más eficiente.

El aspecto negativo de la cuestión fue la propaganda de la derecha anti-republicana, que acusó a Azaña de querer “triturar el ejército”, sostenía que la República era “enemiga del ejército”. Éstas críticas difamatorias no tenían otro objetivo que crear una animadversión hacia la República.

La paradoja está en que, dado que Azaña no quería triturar el ejército sino darle una estructura más racional, y que en buena parte lo consiguió, desgraciadamente luego un sector (repito: un sector, que no todo) de ese ejército se volvió en contra de la República dando comienzo a la Guerra Civil.

Por otra parte, en el plano religioso se avanzó en la línea de la separación entre la Iglesia y el Estado, instauración del matrimonio civil, legalización del divorcio, avance de la enseñanza laica, secularización del Estado, etc. Y esto no pretendía ni más ni menos que situar a España a la altura de los demás países europeos de nuestro entorno. Se limitó la presencia de las órdenes religiosas en la vida pública española, se les prohibió el ejercicio de la docencia, hasta entonces coto reservado exclusivamente a la Iglesia, y se disolvió la orden de los jesuitas, y si se hizo ésto fue por su negativa a abolir su cuarto voto: obediencia única al papa, un poder extra-estatal. El resultado de esta política fue que muchos sectores católicos se radicalizaron contra la República, acusándola de “anticlerical”, “atea” y de que “perseguía a la Iglesia”.

También abordó la eterna cuestión: la “cuestión nacional”. Y lo hizo con el estatuto catalán, el “Estatuto de Nuria” de 1932, con la idea de desarrollar sucesivos estatutos para otras regiones españolas, como la actual Comunidad Valenciana. También se aprobarían los estatutos del País Vasco y el de Galicia, aunque éste último no llegaría a probarse debido el estallido de la Guerra Civil. Es por eso que, cuando la Constitución de 1978 habla de Cataluña, el País Vasco y Galicia como “nacionalidades históricas” se refiere al período republicano. De hecho, y ésta es una cuestión que siempre se ha soslayado pero que conviene recordar, el antecedente directo, la esencia, del actual Estado de las Autonomías se encuentra en la II República.

Este proceso no fue nada fácil. Hubo multitud de presiones y debates en el seno de la sociedad; “España se rompe”, clamaba la derecha, “la República está destruyendo al país”.

También en el plano social las reformas de la República fueron muy importantes, sobre todo en el sentido de dar garantías tanto al campesinado y a los trabajadores agrícolas como la clase obrera urbana de mejorar sus condiciones de trabajo. La República acometió la famosa reforma agraria, que, en contra de lo que se piensa y se ha sostenido, no fue muy radical (de hecho, los gobiernos conservadores de algunos países del este de Europa llevaron a cabo reformas agrarias aún más radicales que la española). La reforma agraria de la República española limitaba la fuerza de importantes sectores terratenientes, razón por la cual, evidentemente, generó su correspondiente respuesta por parte de las derechas.

La “desgracia” de la República es que quiso llevar a cabo una serie de reformas que, si bien fueron modernizadoras, se hicieron en el contexto de una grave crisis económica mundial en la que cayó la producción y aumentó el paro de forma vertiginosa. Nos referimos, por supuesto, a la gran crisis de los años 30 que comenzó con el célebre Crack del 29.

Este contexto social y político, tanto nacional como internacional, ayuda a explicar la agudización de la lucha de clases (campesinos contra terratenientes, obreros contra patronos, etc. Decía Umbral que la Guerra Civil fue una guerra “de ricos contra pobres”, y tenía razón).

¿Fracaso entonces la República, como se ha dicho tantas veces?

Por supuesto, la respuesta no ha de limitarse a los extremos de decir que la República fue maravillosa o que la República fue un completo desastre.

Lo cierto es que la República tuvo muchos problemas, y muchos republicanos cometieron importantes errores, como muestra la radicación del PSOE después de 1933, por ejemplo, o la actitud siempre conflictiva de la CNT y los anarquistas. Desde luego, en 1936, tras el triunfo del Frente Popular, vuelven a agudizarse los conflictos obreros, ya que éstos quieren recuperar el terreno perdido durante el gobierno anterior de la derecha (el gobierno de la CEDA y el Partido Radical, período conocido por algunos como “bienio negro”). Se habla, y es verdad, de un momento de máxima crispación entre febrero y julio de 1936. Hay enfrentamientos armados, atentados con muertos, violencia y quema de conventos. Una espiral de violencia sobre la cual, sin embargo, hay que hacer unos matices importantes, unos matices que conviene destacar para tratar de desterrar ideas del pasado.

En primer lugar, había una violencia provocada y estratégicamente buscada; la violencia de la derecha, nos referimos a la Falange Española, organización violenta, fascista, y que hoy en día, sin ninguna duda, podríamos calificar de grupo terrorista. La Falange utilizaba la violencia armada atentando tanto contra dirigentes obreros y socialistas como contra representantes de la República o que eran tenidos por tales. Esta violencia era, a su vez, respondida. Y esto marca una diferencia con, por ejemplo, la Italia fascista de Mussolini. Estamos queriendo decir que en España la violencia fascista sí era respondida por los comunistas y anarquistas, y con la misma moneda. Y si no era respondida con la misma moneda, se producía entonces un efecto: la quema de conventos. Así por ejemplo, un atentado falangista contra la casa del pueblo socialista, era respondido con la quema de la iglesia del mismo pueblo. Y esto se debía a que la Iglesia era el enemigo reconocible y perfectamente localizable.

Hecha esta matización, no es necesario hacer un juicio de intenciones sobre su carácter violento, pues se conserva una carta del jefe de Renovación Española a Mussolini, fechada en junio de 1936, en la cual le explique la situación en España y le pide dinero y ayuda para sufragar el golpe de Estado que están preparando en el país. En esta carta también se explica al dictador italiano que Renovación Española está financiando a la Falange para organizar la violencia y provocar un efecto reactivo para el posterior golpe de Estado. Así pues, aquí ni siquiera hace falta el análisis del historiador, ya que todo está claramente expuesto en la propia documentación de los que preparaban el golpe.

La segunda matización es esta: hay que tener en cuenta que la espiral de violencia habida entre febrero y julio de 1936 que la historiografía conservadora ha magnificado tanto como elemento justificativo del golpe de Estado de julio, en términos comparativos no sería tan extraordinaria; en términos comparativos no sólo con la Italia inmediatamente anterior a Mussolini o la Alemania inmediatamente anterior a Hitler, sino ni siquiera con la dinámica de la violencia en España antes de 1923, en los tiempos de la famosa Barcelona del pistolerismo. Lo decía, poco antes del golpe de Estado, el propio Francesc Cambó, famoso dirigente catalán conservador, que luego apoyaría a los sublevados, pero que en julio de 1936 declaraba que “lo peor que podría pasar en este momento es un golpe de los militares”, ya que este hecho podría provocar una reacción revolucionaria, también porque había que dejar que el propio gobierno se desgastase para que luego la derecha ganase en las elecciones y además porque, y esto lo afirmaba literalmente Cambó, de todas formas la violencia previa a la guerra civil era bastante inferior a la violencia que existía entre los años desde 1918 a 1923. Por tanto, queda así demostrado cómo el clima de violencia que se vivía entonces no justificaba ni mucho menos, ni tenía por qué conducir irremediablemente, a una guerra civil.

Continuando con la respuesta de si fracasó o no la República, deberíamos señalar también que quienes fracasaron en el periodo de 1931 a 1936 fueron los propios enemigos de la República, o los “amigos” de la República que adoptan posiciones insurreccionales o violentas. Y es que se dan varias insurrecciones anarquistas, todas aplastadas por el gobierno de la República.

Debemos hablar aquí de otro suceso de importancia capital: la insurrección de 1934, también denominada como Revolución de Asturias. Este hecho ha sido esgrimido por los historiadores conservadores o revisionistas como el casus belli para el inicio de la guerra civil. Hay quienes defienden, como decimos, que la guerra civil empezó en ese momento.

Este argumento es absurdo, no se sostiene.

En Asturias hubo una insurrección obrera, apoyada por el PSOE y el PCE que fue aplastada por el gobierno de la República en ese momento, el gobierno conservador radical-cedista.

No obstante, para poder entender la Revolución de Asturias de 1934 hay que situarla en su contexto. En 1933 llega Hitler al poder, sin resistencia social. Los nazis aplastan entonces a las organizaciones obreras y a la democracia alemana. Y en febrero de 1934 quien aplasta la democracia en Austria, con algunas resistencias de la clase obrera en Viena, es el partido de Engelbert Dollfuß. Este partido es el primo hermano de la CEDA, el partido mayoritario de la derecha en España. Y el periódico de la CEDA, en febrero de 1934, aplaude y celebra el hundimiento de la democracia austriaca a manos del partido de Dollfuß.

Ofrezco aquí un extracto de un discurso pronunciado por José María Gil-Robles que, a mi parecer, resume perfectamente las intenciones de la CEDA en caso de alcanzar el gobierno:

Se quería dar en España una verdadera unidad, un nuevo espíritu, una política totalitaria. Nuestra generación tiene encomendada una gran misión. Tiene que crear un espíritu nuevo, fundar un nuevo Estado, una nación nueva; dejar la patria depurada de masones, de judaizantes… hemos de hacer de España una gran nación; hemos de someter férreamente a los de arriba y a los de abajo.

Hay que ir a un Estado nuevo, y para ello se imponen deberes y sacrificios. ¡Qué importa que nos cueste hasta derramar sangre! Para eso nada de contubernios. No necesitamos el poder con contubernios de nadie. Necesitamos el poder íntegro, y eso es lo que pedimos. Entre tanto, no iremos al gobierno en colaboración con nadie. La democracia no es para nosotros un fin, sino un medio para ir a la conquista de un Estado nuevo. Llegado el momento, el Parlamento o se somete o le hacemos desaparecer.

Fragmento de un discurso pronunciado por José María Gil-Robles en el Teatro Monumental de Madrid el 15 octubre 1933.

Y en octubre de 1934, la CEDA, en coalición con el Partido Radical-Republicano de Alejandro Lerroux, coloca a tres de sus miembros en el gobierno de la República. La CEDA que llega al gobierno es un partido que, como acabamos de ver, nunca aceptó explícitamente la República, es un partido que, como hemos visto, aplaudió el aplastamiento de la democracia en Austria. Esto es lo que provoca la reacción defensiva. Por tanto, la idea que subyace en la Revolución de Asturias de 1934 es, y lo decían los propios socialistas, “antes Viena que Berlín”, es decir: si nos tienen que aplastar, por lo menos, resistamos. Y si para eso hay que hacer la revolución, se hace. Ésa es la razón de la Revolución de Asturias.

Pero demos un paso más: la Revolución de Asturias ¿fue un error, especialmente de los socialistas? Sí, porque los socialistas no confiaron, precisamente, en las propias estructuras de la II República, porque temían que la CEDA acabase con la democracia nada más llegar al poder. Y no fue así porque, una vez aplastada la Revolución de Asturias, no cayó la democracia. Una vez entró la CEDA al gobierno, ni el sector republicano del mismo ni el propio Presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, permitieron que la CEDA diese pasos hacia la supresión de la democracia o la República. Aunque el objetivo manifiesto de la CEDA sí fuese acabar con la República; de hecho, el eslogan de su campaña política de ese mismo año era “a por los 300”, es decir: si conseguimos 300 escaños y obtenemos la mayoría absoluta podremos hacer lo que queramos.

Además, tras la revolución de Asturias de 1934 la mayoría del PSOE va a evolucionar en una dirección de asumir que el levantamiento fue un error y que no debía volver a repetirse.

Así, como acabamos de ver, los gobiernos de izquierda aplastaron las revoluciones anarquistas y el gobierno de derecha aplastó la insurrección asturiana.

Además, hay que tener en cuenta que la derecha antiliberal (los fascistas de Falange y los nacional-católicos de Acción Española) está conspirando contra la República prácticamente desde el mismo 14 abril. De hecho, en 1932 se produce un golpe de Estado liderado por el general José Sanjurjo, la Sanjurjada, que es aplastado por el gobierno.

También, en 1934, un grupo de conspiradores monárquicos y carlistas van a ver a Mussolini y le piden ayuda. Mussolini y les da 500.000 pesetas de la época, que no eran poca cosa, para organización y propaganda, y pone a su disposición armas, que se depositan en la actual Libia, entonces colonia italiana. El dinero se lo gastan, claro, pero no tienen suficiente fuerza como para intentar otro golpe de Estado. Así pues, esta expedición también fracasa.

Como ya hemos dicho, además, José Antonio Primo de Rivera, el dirigente de la Falange, recibía dinero de la Italia fascista.

Lo cierto es que, hasta 1936, ninguna de estas intentonas golpistas tuvo éxito. El partido fascista, la Falange, nunca consiguió hacerse el amo de la calle, como sí sucedió en la Italia inmediatamente anterior a Mussolini. Tampoco se convirtió en un partido de masas. Por el contrario, el partido fascista italiano cuando llega al poder ya es un partido de masas. Y el partido nazi en Alemania también, de hecho fue el partido más votado en el país a su llegada al poder. Sin embargo, en España el partido fascista obtiene un 0,7% de votos en las elecciones de 1936. Es decir, la vía fascista también ha fracasado.

Y también ha fracasado la vía electoral de la derecha; la CEDA pretende llegar al poder en febrero de 1936 para reformar la Constitución, "acabar con el parlamento si no se somete", en una perspectiva antiliberal. Pero la CEDA también sale derrotada en las urnas.

Así pues, desde ese punto de vista creo que queda demostrado cómo la democracia republicana supo resistir las embestidas de la extrema izquierda y la extrema derecha.

En cuanto al contexto internacional (otro punto que obvian los críticos contra la República) hay que decir que 1936 había varias dictaduras en Europa: Portugal, Austria, Italia, Alemania, todo el mediterráneo europeo y algunos países del este. Quedaban algunas democracias, como las de los países escandinavos, la francesa, que estaba en una situación de guerra civil larvada, la inglesa, con clara hegemonía de la derecha liberal parlamentaria, la checoslovaca y, hasta julio, la española.

Podríamos decir entonces que toda la Europa continental, salvo el norte, está plagada de dictaduras. Prácticamente, las dos últimas democracias en caer en ese territorio lo hacen a la vez: son la checoslovaca y la española. Y la checoslovaca cae por intervención directa de la Alemania de Hitler. La española, en parte, también.

Así pues, el hecho es que la democracia española aguantó, la II República aguantó. De todas las democracias que caen en Europa en el período de entreguerras, el español es el único caso en que la democracia resistió, con todas sus limitaciones, con una brutal guerra civil, pero durante tres años aguantó.

Sin embargo, cuando Mussolini llega al poder en Italia no hay resistencia popular; cuando Hitler llega al poder en Alemania, tampoco la hay. Unos días después del comienzo de la Guerra Civil española se da un golpe de Estado en Grecia ante el que no hay contestación social. Cuando caiga Francia bajo el influjo nazi, la resistencia antifascista no aparecerá en el país hasta un año más tarde. Vemos así cómo la democracia española es la única capaz de resistir, aunque sólo sean tres años.

Con estos argumentos se puede entonces disentir ante lo que defienden historiadores como Stanley G. Payne o Gabriele Ranzato, quienes dicen que la II República, en los momentos previos a la Guerra Civil, ya no era una democracia.

Todo lo contrario, la II República era ciertamente una democracia. Era una democracia en crisis, sí, igual que lo eran todas las democracias europeas del momento. Como se ve, el español no era en absoluto un caso aislado.

Más aún. Hace sólo una semana
el diario El País reveló el hallazgo de unos documentos pertenecientes a Niceto Alcalá-Zamora, primer jefe de Estado de la II República Española. En esos papeles, apuntes y dietarios personales de Alcalá-Zamora, se pone de manifiesto cómo el ejército intenta ganarse su colaboración para un golpe de Estado y el enérgico rechazo del jefe del Estado a cualquier participación en el mismo. “No conviviría con nada que sea golpe de Estado, hechura de este o situación de fuerza”. Todavía más: Cuando el 8 de abril, un coronel le pide “en nombre del ejército” que destituya al Gobierno de Azaña en respuesta al “golpe de Estado” de la Cámara que le ha destituido, responde: “Me niego en absoluto. Mi camino es otro”(1).

Todas estas palabras, escritas de puño y letra
ya en 1936 por Alcalá-Zamora, dejan clara una vez más la estabilidad de la II República.

Niceto Alcalá-Zamora, como todos sabemos,
era conservador, católico y practicante. Pero era plenamente consciente de la legalidad del régimen republicano y de su papel como jefe del Estado. Es más, en cualquier momento podría haber dimitido, ya que como católico podría haberse mostrado contrariado por las reformas en lo tocante a la Iglesia que llevó a cabo el gabinete de Azaña. Pero no, nunca dimitió. Incumplió un artículo de la Constitución y por ello fue legalmente destituido, pero nunca dimitió. Al contrario, Alcalá-Zamora entendió que esas reformas no pretendían “borrar” al catolicismo de España, sino simplemente poner al país a la altura de sus vecinos europeos.

Y también podemos decir que no sabemos si, realmente, la República habría llegado a fracasar o no como sistema de no ser por la Guerra Civil. Lo que sí es cierto es que la República acabó por un golpe de Estado, un golpe de Estado antidemocrático, antiliberal y anti-republicano.

Por otra parte, el fin de todo golpe de Estado es la toma inmediata del poder, cosa que el 18 julio 1936 no se consiguió. Por lo tanto, podemos decir que ese fue un golpe de Estado fracasado. Y es el fracaso de este golpe de Estado lo que provoca la Guerra Civil.

Es cierto que la II República estuvo plagada de tensiones, es verdad que los republicanos cometieron muchos errores. Hubo violencia, aunque no excepcional, en términos relativos. Pero lo cierto es que si era una democracia, una de las pocas de su tiempo que aguantó tres años.

Quienes dicen que la II República no era democrática han de tener en cuenta que el único partido ilegalizado a la altura de 1936 era la Falange, el partido fascista, y se ilegalizó por motivos estrictamente relacionados con sus prácticas violentas; unas prácticas que, sin duda, hoy llamaríamos terroristas.

Había partidos, además, que en sus discursos apelaban directamente a la guerra civil, como Renovación Española o algunos dirigentes de la CEDA.

Sin embargo, todos los demás partidos (salvo Falange, como ya hemos dicho), por muy de extrema derecha que fuesen, eran completamente legales. Esto ya debería bastar para demostrar que la II República sí era democrática.

Pocos días antes del estallido de la Guerra Civil aconteció un hecho especialmente violento: el asesinato del dirigente conservador José Calvo-Sotelo a manos de unos miembros de la Guardia de Asalto, la policía republicana. La historiografía conservadora y franquista ha tratado de presentar también este hecho como el casus belli de la Guerra Civil. Esto es completamente absurdo, pues de sobra es sabido que el golpe de Estado llevaba mucho tiempo tramándose y que, de todas formas, no se prepara un golpe de Estado en dos días después de un asesinato.

El golpe de Estado había empezado a prepararse ya el 8 marzo 1936, en una reunión en Madrid. El asesinato de Calvo-Sotelo sólo consiguió que algún militar indeciso se acabase sumando al golpe.

Por otra parte, el asesinato de Calvo-Sotelo no fue un crimen de Estado. Fue un crimen, completamente execrable, por supuesto, de unos integrantes de la Guardia de Asalto como venganza por el asesinato días antes de un compañero, José Castillo, a manos de unos falangistas.

Y hay que decir también que mientras los generales sublevados siempre expresaron propósitos despiadados y sanguinarios hacía sus enemigos, varios gobernantes de la República exhortaron a su pueblo en repetidas ocasiones a abstenerse de violencia sin venganzas.

Así, por ejemplo, Emilio Mola, uno de los principales dirigentes de las tropas sublevadas, declaraba a los pocos días la sublevación:

Una guerra de esta naturaleza ha de acabar con el exterminio de uno de los dos bandos y por el exterminio absoluto y total del vencido.

Ante esto, el presidente de la República, Manuel Azaña, decía:

Ninguna política se puede fundar en la decisión de exterminar al adversario. Yo me opondré con el peso de mi autoridad y con todo el poder que tenga, moral o personal, donde quiera que esté, a que nuestro país, el día de la paz, pueda entrar nunca en un rapto de enajenación por las vías del odio, de la venganza o del sangriento desquite.

También tenemos a Indalecio Prieto, hombre fuerte del PSOE, que en su día escribió en el periódico del partido:

Ante la crueldad ajena, la piedad vuestra; ante la sevicia ajena, vuestra clemencia; ante los excesos del enemigo, vuestra benevolencia generosa. ¡No los imitéis! ¡No los imitéis! Superadlos en vuestra conducta moral; superadlos en vuestra generosidad.

No obstante, es cierto que las llamadas a la calma de algunos dirigentes republicanos no fueron muy escuchadas. Más aún: mientras que en la zona sublevada fueron los mandos militares los que ordenaron las matanzas, en la zona republicana estas corrieron a cargo de la “justicia revolucionaria”.

Aún así, incluso teniendo en cuenta la crueldad de muchos combatientes del lado republicano, ello no justifica ni el golpe de Estado ni la represión franquista.

No hay que olvidar tampoco que la brutal represión de Franco continuó mucho después de que acabase la guerra civil.

Desde marzo hasta julio los rumores sobre un posible de Estado no hace más que sucederse. Y el gobierno republicano tomó medidas: dispersó a los generales más descontentos, mandó a Franco a Canarias y a Mola a Navarra (lo cual fue un completo desacierto, pues su nuevo destino le permitió a Mola contactar con los sectores más descontentos con la República: los carlistas).

Como podemos ver, la República no se mantuvo en ningún momento inmóvil, como muchas veces se le ha reprochado, ante estos rumores de golpe de Estado. Quizás podría haber hecho más, pero lo que no podía hacer de ningún modo era declarar el estado de sitio, pues eso hubiera supuesto entregar directamente el poder a los militares, con lo cual no hubiera hecho falta ningún golpe de Estado, porque se le habría entregado directamente los mandos del Estado al enemigo.

Hay que dejar claro también que la CEDA como partido no estuvo involucrada en el golpe de Estado, aunque sabía que se estaba preparando y dio a los golpistas el dinero que les había sobrado de la campaña electoral. Y también es cierto que algunos hombres de la CEDA sí tuvieron conversaciones directas con los militares golpistas. Y algunas organizaciones vinculadas directamente a la CEDA si estuvieran dentro del golpe de Estado. Aunque debe quedar claro, otra vez, que la CEDA como partido nunca estuvo involucrada.

Así, no puede pensarse de ningún modo que el clima de violencia que había en España días antes del golpe de Estado conducía irremediablemente a la Guerra Civil. En esos momentos en España no había más violencia que, por ejemplo, en Alemania o Italia días antes de la llegada de Hitler o Mussolini.

Hay que tener en cuenta, además, que gran parte de los juicios negativos que se vierten aún hoy día sobre la II República son, tal y como hemos dicho al principio, un lastre de los 40 años del franquismo. Es evidente que el franquismo tenía que tratar por todos los medios de desprestigiar al enemigo contra el que había hecho la guerra.

Los hay que dicen que ambos bandos cometieron errores, que ambos bandos son culpables, si bien los franquistas más que la República, del estallido de la Guerra Civil. Lo que no se dice es que si se dio tal conflicto fue, única y exclusivamente, porque un sector del ejército (repito: sólo un sector, no todo) se sublevó en contra del gobierno de la República, el gobierno legítimo de España. Por lo tanto, aunque sólo sea por eso, creo poder decir que los muertos de ambos bandos no merecen igual consideración. Ambos merecen una sepultura digna, sí. Pero no igual consideración. Es decir, no se puede considerar que todos fueron “culpables” del estallido de la guerra. Eso supondría ignorar que la gran mayoría de partidos políticos y fuerzas sociales lucharon contra el golpe militar para restablecer la República y su régimen democrático. Escudarse en relativismos es rehuir el reconocimiento de que, de los que llaman dos bandos, uno era demócratico y el otro era antidemócratico, y que un Estado democrático como la España actual no puede considerar a los muertos de ambos lados por igual.

Es cierto que los defensores de la República y de su democracia cometieron violaciones de derechos humanos que también deben denunciarse. Pero ello no elimina la definición de aquel conflicto como un conflicto entre los que defendieron un régimen democrático, y los que lo destruyeron. Y hasta que ello no se reconozca, la democracia española y los valores que se transmitan no serán plenamente democráticos.

Creo que si se quiere consolidar o perfeccionar la democracia española no se pueden tener monumentos dedicados a la antidemocracia, como los monumentos a Franco, que todavía los hay, sino que habría que erigir monumentos a la democracia: yo no he visto, creo, monumentos erigidos a los españoles que lucharon contra el totalitarismo nazi, a los españoles que liberaron París, no he visto estatuas ni monumentos dedicados a las milicias republicanas. Y todos ellos se merecen el reconocimiento de nuestra sociedad y de la política. Ya es hora, hace tiempo que les llegó la hora. Sin embargo, la derecha parece no acordarse de ellos. Cuando se les plantea levantarles un monumento, exhumar las fosas de Franco, rescatar los cuerpos del submarino republicano hundido en las costas de Málaga por los nazis durante la Guerra Civil, enseguida recurren a su comodín favorito: se niegan porque “no hay por qué que reabrir heridas innecesariamente”. No obstante, cuando se quiso de identificar y repatriar los cuerpos de los combatientes españoles en la División Azul, el gobierno de Aznar no puso reparo alguno.*

Y eso está bien, aunque sólo sea por humanidad. Es moralmente correcto resarcir a los familiares de los fallecidos en el frente ruso entregándoles sus cuerpos para que puedan darles sepultura en paz, aunque esos fallecidos de la División Azul defendieran ideas fascistas y totalitarias con las que no estoy en absoluto de acuerdo. Pero lo que no es correcto, al menos según yo lo veo, es esa diferencia de tratos: si se trata de republicanos, la derecha se niega; si se trata de sublevados o afines, la derecha no pone tantas pegas. No es justo.

A Mamen, mi abuela.





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* El País, 20 de marzo de 2003. Por más que lo he intentado, no he encontrado la noticia en Internet, pero sí tengo la página fotocopiada que lo prueba.

BAHAMONDE, Ángel (Coord.) Historia de España. Siglo XX Cátedra, Madrid, 2007.

NAVARRO, Vicenç El subdesarrollo social de España Anagrama, Barcelona, 2007.

RANZATO, Gabriele El pasado de bronce Destino, Barcelona, 2007.

SAZ CAMPOS, Ismael Fascismo y franquismo PUV, Valencia, 2004.


viernes 1 de abril de 2011

¡"Pensamientos en la Red" para todo el mundo!


No estaba en la lista de gadgets habituales que ofrece Blogger, pero, gracias también a Google y tras mucho investigar, ¡he encontrado la herramienta que permite traducir esta página web a cualquier otro idioma!

¡Pensamientos en la Red para todo el mundo!

También he renovado mi lista de libros de la derecha y ¡ya estoy preparando la siguiente entrada!

¡Salud!

miércoles 30 de marzo de 2011

¿Es España un país extraño? / 2

Continuamos aquí revisando esa visión fatalista de la Historia de España que habíamos iniciado en el artículo anterior...

1898 es el año fatídico, el gran Desastre nacional: España pierde la guerra contra Estados Unidos y pierde Cuba y Filipinas, los últimos vestigios del Imperio que había sido. Este hecho determina una idea de la muerte de la Nación española: España está derrotada. Por otra parte, están emergiendo los nacionalismos vasco y catalán ¿quién sabe si comenzará a disgregarse? España, en fin, es una nación moribunda, se pensaba entonces.

Es en aquellos momentos cuando aparece toda una literatura, llamada la “literatura del Desastre” y se plantea el problema de España ¿qué le pasa a España?: ¿España muere? ¿España no encaja en Europa? La literatura a este respecto es muy diversa; y las reacciones, también. De hecho, Ramiro de Maeztu, uno de los intelectuales más inspiradores del franquismo, se apunta voluntario para luchar en Baleares contra Estados Unidos, lo cual no tenía ningún sentido, ya que los estadounidenses no tenían ni idea de dónde estaba Baleares. (Y, personalmente, yo que he estado allí, creo que todavía hoy siguen sin saberlo).

La percepción imperante era que a los españoles no les importaba mucho la situación. Se decía que cuando sucedió el desastre los españoles “se fueron a los toros”. Quería reflejarse así la sensación de que los españoles no estaban muy nacionalizados, es decir, que no estaban muy identificados con su país, lo cual no parece tener tampoco mucho sentido. No obstante, quería reflejarse así el sentimiento de culpabilidad, de dolor por lo que estaba pasando en aquel momento. “Me duele España”, decía Unamuno. Quien también dijo aquello de que “el fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando”. Cuánta razón ¿No créeis?

Pero lo cierto es que, en aquellos momentos, crisis finiseculares como la española se dieron también en gran parte de Europa. Estamos en la época de auge del imperialismo. Las potencias europeas se han repartido el mundo. Pero ya no queda mucho que repartir y ahora esas potencias pugnan entre sí por lo poco que queda. Y chocan. Y en todo choque siempre hay alguien que pierde y alguien que gana.

Por ejemplo, si pensamos en Italia, veremos que los italianos fueron derrotados en Etiopía. ¡Derrotados por unos africanos! ¡Y además negros! ¡Qué vergüenza para los italianos, una gran potencia nacional!

Portugal también sufre su propia crisis. Y es que cuando Portugal concibe la posibilidad de unir sus colonias africanas (Angola y Mozambique) se encuentra con una respuesta germano-británica terminantemente negativa. Gran Bretaña y Alemania responden a Portugal que no, que ni se le ocurra y que tenga cuidado, porque pueden acabar expropiándole las colonias a los portugueses. Esto supone una gran humillación nacional para Portugal.

Alemania, que es una potencia emergente, ve como una humillación la derrota de los bóers en Sudáfrica porque los consideraba como potenciales aliados de cara a la propia expansión imperial germana. Esto supone una humillación de Alemania para con el Reino Unido. Pero el Reino Unido tiene su propia humillación: el conflicto de Guayana con Estados Unidos.

Los franceses, por su parte, también en África, tuvieron que dar marcha atrás frente a los ingleses (Crisis de Fachoda), que fue una humillación nacional para los franceses; que se unía, a su vez, a la que se había producido más de 20 años antes con la derrota francesa ante Prusia. De hecho, la idea de la nación moribunda, la idea de la nación decadente, donde realmente nace, donde verdaderamente se arraiga y coge fuerza es en Francia. Después esa idea se traspasa a otras naciones.

Lo que se quiere demostrar con estos ejemplos es que en toda Europa, en esa época de apogeo del imperialismo, de reparto del mundo, todos los países tenían una vergüenza nacional que afrontar y asumir. España, pues, no era un caso único. Y esta vergüenza se asumía más o menos en función de la existencia de visiones previas sobre esa idea de la decadencia con la muerte de la nación. Porque el otro elemento fundamental que también está presente en Europa del momento, incluida España, es la idea de la decadencia no sólo de la nación, sino también de la sociedad y de los individuos. Ahí se produce una conjunción de decadencias (decadencias de la sociedad, la nación y la política) y comienza a emerger, primero en Francia y luego se extiende al resto de las naciones europeas, la idea de la decadencia social y política europea (se llega a hablar, incluso, de la “decadencia de la raza blanca” y del “peligro amarillo” que suponen los chinos).

Es entonces cuando esta idea empieza a encontrar sus culpables: ¿por qué decae la nación? La respuesta de los conservadores es: porque el liberalismo, y sobre todo la democracia (y sus hijos: el socialismo) destruyen la fuerza y el alma de la nación. Charles Maurras, historiador conservador francés, encuentra sus propios culpables, que son la masonería, los judíos, los protestantes y los extranjeros. Éstos son los que destruyen la base de la fuerza de la nación francesa. Así pues, si algo destruye el tejido que une al país, entonces hay que hacerle frente, hay que rebuscar la esencia que permite renacer.

Hay varias respuestas a esta cuestión: por un lado tenemos a los republicanos ( quienes dicen que para que renazca la nación: más libertad y más democracia). Luego tenemos otra vía, que es la que identifica los males de la nación con el liberalismo, la democracia, la masonería, el comunismo, etc. identificados como la anti-Francia o la anti-España.

Así pues, ¿dónde está la esencia de la nación? Un intelectual francés dirá “la esencia de la nación está en el pueblo francés”. A lo que Maurras responde que “la esencia de Francia está en la monarquía y la religión católica”. La tesis de Maurras es que Francia fue grande con la monarquía y empezó a hundirse a partir de la Revolución Francesa, el liberalismo y la democracia.

Del catolicismo como esencia de la nación ya había hablado en España un famoso intelectual: Marcelino Menéndez y Pelayo. (quien decía eso de que “España, o es católica o no es”). Y es que Menéndez y Pelayo es una figura central en lo que luego se llamará nacional-catolicismo.

Así pues, en España, como en Francia, se asume totalmente la idea de la decadencia de la nación. Como respuesta, en toda la literatura regeneracionista (la Generación del 98: Unamuno, Baroja, Azorín, etc.) hay una idea clara que va a pervivir: el problema de España es que no está en Europa. “España es el problema”, decía Joaquín Costa, y luego retomaría Ortega y Gasset: “España es el problema y Europa la solución” (pues Europa se identifica con la técnica, la industria, el desarrollo del capitalismo, la educación...).

Luego tenemos otra perspectiva, defendida por un sector que explica la decadencia de España por el calado de las ideas extranjeras: entró la Ilustración, el liberalismo, la democracia, etc. Todo esto es considerado antiespañol, no es propio de España, porque España, como decía Menéndez y Pelayo, “o es católica o no es”. Por lo tanto, según esta visión, hay que volver a situar al catolicismo como la base de la identidad nacional española.

Pero hay otro sector de los regeneracionistas, las gentes del 98, que van más en otra línea. Estos intelectuales propugnan que la fuerza de España está en el pueblo, es el pueblo quien realmente hace España. Pero ¿qué es el pueblo? ¿Dónde está el pueblo? Estos intelectuales vienen del socialismo, como Unamuno, o del anarquismo; pero en ningún caso estamos hablando ahora de los antiliberales. Estos intelectuales, socialistas, anarquistas, van empezar a encontrar el pueblo en un sitio: en Castilla. ¿Dónde está la fuerza del pueblo? En la lengua, en la lengua castellana. ¿Dónde está la esencia del pueblo? En el paisaje, en el paisaje de Castilla.

Aquí debemos establecer una comparación importante: la perspectiva católica y conservadora, representada por Menéndez y Pelayo, es esencialmente antiliberal y antidemocrática. Pero, desde la perspectiva de los regeneracionistas y de la Generación del 98, ellos mismos no se declaran antiliberales, sin embargo, socavan las bases del liberalismo. No se fían del liberalismo tal de su época, no se fían del parlamentarismo tal y como existe en su momento, no se fían de la democracia tal y como existe en ese momento. Así, muchos de los posteriores seguidores de la Generación del 98 serán antiliberales. Muchos de estos seguidores dirán: “el parlamentarismo español tiene muchos problemas”, “el liberalismo español tiene problemas, tiene fallos”. Sin embargo, la respuesta de estos seguidores de la Generación del 98 no es más democracia para corregir los defectos, los fallos o los errores de la nación, sino que lo que dicen es: hace falta un hombre, como el “cirujano de hierro” del que hablaba Costa. Hace falta un hombre, un general. Es decir, para que la cosa vuelva a funcionar bien, hace falta una dictadura. Una dictadura transitoria (ellos no se plantean algo permanente) para que arregle los males de España y luego dé paso de nuevo a la democracia. Idea que, por cierto, ya en ese momento no tenía nada de novedoso: en la Antigua Roma las leyes ya contemplaban la posibilidad de que un hombre, un general, pudiese acceder al poder para que, gozando de plenos poderes y sin cortapisas de ningún tipo, devolviese las cosas a su lugar en un momento de crisis. Eso sí, se estipulaba que la dictadura sólo podía durar un máximo de tiempo determinado: seis meses. De hecho, así fue como el famoso Julio César accedió al poder.

Que nadie se asuste, no estoy defendiendo la dictadura ni muchísimo menos.

Es evidente que con esta idea del cirujano de hierro ya se están socavando las bases de la democracia, pues la solución a los males de España ya no está en ese pueblo del que tanto habían hablado, sino que la solución está en el recurso a un hombre, a una dictadura (siempre pensada como una dictadura transitoria).

Y no solamente en España sino, en general, en toda Europa se rompe, a partir de los años 70 del siglo XIX, con esa premisa de que la base de la nación es la libertad, de que el liberalismo hace la nación. Todo eso se quiebra. Ahora los términos se han invertido: ahora la base de la nación ya no es la libertad; ahora la libertad, el liberalismo y la democracia son los enemigos de la nación.

No obstante, esto no debe entenderse mal. Hay que dejar claro que los intelectuales de la generación del 98, los representantes de la Edad de Plata de la cultura española (Miguel de Unamuno, Joaquín Costa…) no son, en ningún caso, antiliberales. No obstante, sí desconfían del liberalismo, pero del liberalismo de su tiempo. Desconfían de la democracia de su tiempo. Y eso va a permitir a muchos personajes de las primeras décadas del siglo XX utilizar a los noventayochistas autodeclararse como seguidores de Unamuno o de Joaquín Costa.

Así, los intelectuales de la Generación del 98 serán reivindicados por todas las facciones en liza, tanto comunistas como socialistas y, también, los fascistas. Los falangistas, el fascismo español, se referirá a la Generación del 98 como “sus abuelos” y a Ortega y Gasset y sus contemporáneos como “sus padres”. De esta forma, el fascismo español se apropiará de muchas de las ideas de los representantes de la Generación del 98 (como la fuerza del pueblo, lograr el apoyo del pueblo) y les dará una reformulación fascista. Pero eso no quiere decir, en absoluto, que Miguel de Unamuno, Joaquín Costa o José Ortega y Gasset fuesen prefascistas. Eso es totalmente falso y hay que dejarlo claro desde el principio.

Por lo tanto, veremos como este magma de ideas va a influir en los procesos políticos, culturales e ideológicos hasta llegar a constituir las bases ideológicas del franquismo.

Pero también hay que subrayar que, desde una perspectiva y otra, lo que se queda fijado con la crisis finisecular es esa idea del fracaso de España en el siglo XIX. Se queda fijado el problema de Europa. El problema de España es que no está en Europa, por tanto Europa es la solución.

Hoy por hoy España ya es plenamente europea, pertenece, de hecho, a la Unión Europea. Pero a lo largo de la Historia del siglo XX toda esa gente que se ha declarado “más europea que nadie” porque decía que Europa “o era fascista o no era”, los que decían “España es el más europea de los pueblos”, “España estará al mando de la Europa fascista junto con Alemania e Italia”, esos mismos personajes, o sus herederos, 30 años después decían: “yo siempre he sido demócrata porque yo siempre sido proeuropeo”. Es decir, se ha construido una idea de Europa como algo monolítico, siempre liberal, siempre democrático, etc. que tampoco es cierta. La idea de Europa ha sido muy cambiante lo largo de la Historia, pues, como vemos, también ha habido una idea de la Europa reaccionaria y conservadora.

El problema de España, decían, es que no está en Europa. Por eso, en la actualidad, cada gobierno ha tendido a atribuirse el mérito de introducir a España en Europa. Así lo hizo, en 1986 cuando España ingresó en la UE, el gobierno de Felipe González: presumía de haber mentido a España en Europa. Lo mismo hicieron después los gobiernos de Aznar. Pero es que ¿España no estaba en Europa antes de 1986? Y entonces ¿dónde estaba?

Así, podemos ver cómo el siglo XIX ha sido un siglo maldito para todas las facciones ideológicas: para los conservadores y los tradicionalistas porque el siglo XIX ha sido el siglo de liberalismo, el siglo del retroceso del catolicismo, el ciclo de desarrollo del republicanismo y de la democracia; en fin, todo lo que, según ellos, es contrario a España. (Franco, de hecho, decía que había que “borrar el siglo XIX de la Historia de España”. Y también, desde la otra perspectiva, la de izquierdas, el siglo XIX español también es un siglo maldito porque la revolución liberal no consiguió triunfar de verdad, no se desarrolló la educación, etc. Por tanto, para unos el siglo XIX es un signo maldito porque hay un exceso de liberalismo y, para otros, el siglo XIX es un siglo maldito porque hay un defecto de liberalismo.

No obstante, como decíamos, esa visión del siglo XIX como un signo maldito se ha ido revisando recientemente en la historiografía.

Cabría señalar para terminar con este epígrafe una de las principales diferencias que hubo entre el final de la Guerra Civil española siglo XX y el final de las Guerras Carlistas del siglo XIX. Y es que esto es muy importante porque mientras las Guerras Carlistas del siglo XIX terminaron con la reconciliación nacional entre vencedores y vencidos (recordemos el Abrazo de Vergara entre Maroto y Espartero) y la instauración del sistema liberal en España, el final de la Guerra Civil española del siglo XX supuso la represión sistemática del bando vencido por el vencedor, la instauración de una dictadura fascista, antidemocrática y la instauración de un Estado totalitario.

lunes 28 de febrero de 2011

¿Es España un país extraño?

Para quien aún no lo sepa, yo estudio Historia. Historia del Mundo en general, pero también Historia de España. Estos días nos hemos estado replanteando la visión tradicional de la Historia de la España contemporánea que se ha dado en los últimos tiempos. Me refiero a la tradicional visión de atraso, fracaso absoluto, que se ha venido dando para explicar el siglo XIX de nuestro país. Y no sólo el XIX, sino también nuestro propio presente.

El caso es que, personalmente, las clases que he dado estos días me han resultado bastante interesantes y quisiera compartirlas con vosotros. Al menos, con quien le interese la Historia.

Así pues, con este artículo comienza una serie de unos pocos escritos en los que iremos revisando esa opinión un tanto pesimista, catastrófica quizás, que se tiene de la Historia de la España contemporánea.

Por supuesto, no todos los artículos que vengan después de este irán de lo mismo. Seguiré escribiendo al mismo tiempo sobre otras cosas que nada tengan que ver con la Historia. Ya sabéis que yo soy muy variado.

En fin, vamos a lo que nos toca hoy. Espero no aburriros demasiado...

Comencemos por el principio:

La idea básica que ha sostenido durante años la historiografía tradicional es que, a finales del siglo XIX, desde el célebre Desastre del 98, España estaba atrasada en todos los órdenes. En España, se decía, no hubo una revolución burguesa, como sí la hubo en Francia (nos referimos a la famosa Revolución Francesa de 1789); en España fracasó también la revolución industrial, como la que sí se dio en Inglaterra. Incluso se llegó a decir que España había fracasado nacionalmente, que no se había construido una nación con todos los españoles perfectamente identificados con su patria. La idea, pues, era que los españoles no estaban suficientemente nacionalizados, por así decirlo.

No obstante, esa visión catastrófica de España ha cambiado hoy bastante. Actualmente tiende a pensarse que sí hubo en nuestro país una revolución burguesa, aunque quizá sería mejor definirla como revolución liberal, que en muchos aspectos fue verdaderamente radical. Esta revolución tuvo efectos sociales completamente revolucionarios, dio paso a una sociedad burguesa y, en aquellos momentos, la economía española (agricultura, industria, etc.) no estaba, de ningún modo, estancada. Todo lo contrario: se alimentó, gracias al desarrollo de la agricultura, a un número creciente de españoles; desaparecieron las crisis de subsistencia y la agricultura creció (desigualmente, pero creció). Las críticas a este aspecto suelen ser que la industria sólo creció en algunas zonas de España como Cataluña y el País Vasco, pero si nos fijamos en el caso inglés, por ejemplo, veremos que el gran foco de desarrollo industrial inglés fue Glasgow, mientras que Escocia, que estaba al norte, quedó bastante estancada. Siguiendo con el caso español, podemos decir que Valencia también fue un importante foco de desarrollo de la industria (cerámica en Castellón calzado y juguetes en Alicante). De hecho, Valencia era la tercera provincia industrial del país en el año 1900.

Por consiguiente, ya no se habla de fracaso, sino que prefiere hablarse de crecimiento con cierto retraso. Si repasamos la evolución económica española desde el año 1900 hasta el año 1975 lo que vamos a apreciar, y ésta es la idea que cabe retener, es que la economía española crece. Lo que pasa es que las economías europeas, como la inglesa o la alemana, crecen mucho más, lo cual provoca que se vaya abriendo una distancia creciente en la evolución de la economía española con respecto a las economías europeas de los países más avanzados del continente europeo. De 1900 a 1935 la economía española crece bastante y la distancia con el resto de las economías europeas se acorta, de forma sensible pero sostenida. Después, de 1935 a 1950 las distancias entre la economía española y las europeas vuelve a ampliarse, y de 1950 a 1975 la economía española vuelve a crecer y de nuevo se acortan las instancias. Así pues, puede verse como la economía española no se estanca, sino que lo que sufre es un retraso relativo y cierta recuperación, pequeña, pero paulatina y sostenida, de las distancias con las economías europeas.

Esto que acabamos de decir se puede apreciar de muchas formas, y es que, por ejemplo, el número de ciudades españolas con más de 100.000 habitantes se duplica entre 1900 y 1935 (la población de Barcelona y Madrid se duplica durante esos años), en esos mismos años el índice de analfabetismo se reduce a la mitad, las clases medias crecen. E incluso crece la media de altura de la población, lo cual indica una mejora de la alimentación, y esto sugiere un mayor bienestar económico.

En lo que se refiere a la cultura, no se puede hablar, de ningún modo, de declive en el caso español. Todo lo contrario: durante el período 1900-1935 se desarrolla en España una cultura moderna, laica. Así, nos referimos a este período como la Edad de plata de la cultura española, con sus famosas tres generaciones literarias (1898, 1914 y 1927) Los noventayochistas como Miguel de Unamuno o Pío Baroja; los de la Generación del 14, Ortega y Gasset o el propio Manuel Azaña; o los de la Generación del 27 como Federico García Lorca o Miguel Hernández, llamado “el poeta del pueblo”, por citar sólo algunos autores del período, pues la nómina es inagotable. Todos ellos y otros muchos escribieron las mejores letras de la literatura española desde el Siglo de Oro. No nos olvidemos tampoco de la creación de la Institución Libre de Enseñanza, fundada en 1876, baluarte de la enseñanza moderna y laica y en la que se formaron destacados intelectuales, como el poeta y escritor Juan Ramón Jiménez, que recibió el Premio Nobel de Literatura en su exilio en San Juan de Puerto Rico en 1956.

Por no hablar de la ciencia en el mismo período, con la concesión del Premio Nobel de Medicina a Santiago Ramón y Cajal en 1906. Aunque en aquel momento en realidad la concesión del prestigioso galardón sólo significaba una luminaria aislada surgida del esfuerzo individual, los hechos posteriores demostraron que representaba un síntoma de la renovación científica de España del primer tercio del siglo XX, y que conscientemente se intentaba construir la nación mediante el progreso.

Volviendo al ámbito económico, entre 1910 y 1935 la proporción de la mano de obra empleada en la agricultura desciende 21 puntos, concretamente del 66 al 45%. Entre 1950 y 1975 el índice de la población activa en la agricultura hasta desciende del 50% al 24%; es decir, en 25 años este porcentaje se ha reducido casi a la mitad.

La teoría del péndulo.

Sobre esta teoría se desarrolló hace una década la llamada polémica sobre la normalidad española: ¿Era España un país normal? ¿Encajaba o no España en Europa? Esta teoría, además, coincidió con la llegada al poder del Partido Popular en los 90.

La polémica defendía que España había sido siempre normal. En el siglo XIX, en la época de la Restauración española, la mayoría de los países europeos tenían regímenes liberal-oligárquicos, no democráticos. Éste énfasis en la normalidad española tenía algunos problemas, por ejemplo, ¿cómo explicar entonces dos dictaduras en el siglo XX y una guerra civil? O se plantea otra vez la cuestión nacional: ¿Cómo explicar la pervivencia de los nacionalismos alternativos al español, como el catalán o el vasco?

Además, y esta parece ser la clave, la teoría de la normalidad española presentaba esa “normalidad” como sinónimo de “homologación” con el resto de Europa. Y ese es el problema: pensar que normalidad es igual a homologación, como si Europa hubiera sido siempre un paraíso ideal, como si no hubiese tenido problemas, como si el fascismo o el nazismo no hubiesen existido jamás. En la medida en que este discurso triunfalista está más del lado de los sectores más conservadores de la historiografía o de la derecha social o política, ¿cómo reaccionan los historiadores? Es lo que Ismael Saz llama la “construcción radical-democrática”, es decir, cuando se acentúa el énfasis conservador, la respuesta que observamos es la acentuación de una perspectiva radical. La perspectiva que antaño había subrayado aquella idea de fracaso de la revolución burguesa, que hablaba del fracaso de la revolución industrial y del fracaso de la afirmación nacional, con sus correspondientes supervivencias feudales. Esta afirmación presenta como culpable a la oligarquía financiera y la aristocracia terrateniente, que es la que bloquea la posibilidad democrática, que es también la que ofrece resistencias a los avances sociales y que, cuando llega la República, la hace inviable con su oposición, siendo esto lo que provoca la Guerra Civil que, a su vez, conduce el franquismo.

Bien, ahora ya nadie sostiene esto, pero de alguna forma esto mismo se reintroduce. Esto no quiere decir que en España no se diera una revolución burguesa o una revolución industrial, pero el liberalismo español en el siglo XIX había sido débil frente a la fuerza popular del carlismo, había una presencia desorbitada de los militares en la vida política, lo cual escenificaba una debilidad civil y de la burguesía. Había habido un catolicismo obsoleto, brutal, responsable del atraso cultural, España era un Estado muy centralista, pero a la vez con muy poca capacidad de nacionalización de los ciudadanos. Y así, con una derecha arcaica y montaraz, de alguna forma se podía volver a explicar el hecho de que se llegase a una guerra civil y a la dictadura franquista. Así pues, como hemos dicho al principio, se vuelve de nuevo a la teoría de la continuidad negativa de la Historia de España.

Por su parte, la propia visión liberal-conservadora, que Ismael Saz llama el “paréntesis”, introducía el sesgo contrario: el conservadurismo defendía que todo es normal en la Historia de España, la Restauración era normal, el régimen liberal-democrático era normal, funcionaba bien. Había cierto atraso económico-político-social, pero no era determinante. No obstante, siempre bajo la óptica de la visión liberal-conservadora, sí que había una cierta falta de movilización social, era la sociedad la que estaba poco movilizada.

(Obsérvese cómo, para la visión liberal-conservadora, la excusa de la sociedad es estupenda: cuando algo va mal la culpa es de la sociedad; sin embargo, cuando las cosas van bien es gracias a las élites gobernantes, que lo hacen todo estupendamente).

Así pues, según la teoría conservadora, el problema de España es culpa de la sociedad, que está poco movilizada, y es culpa la izquierda, que era deficiente, débil y radicalizada. Y este hecho, unido al error fatal del rey Alfonso XIII de avalar la dictadura de Primo de Rivera, condujo a la instauración de República, que fue un proceso de radicalización creciente.

Esto lleva a algunos historiadores a decir, como Stanley G. Payne, que en 1936 la República ya no era una democracia. Es por culpa de esta espiral de radicalización que se llega a la Guerra Civil y después viene franquismo y, a partir de 1975, se vuelve a la normalidad. Así pues, a partir de 1976 España ha solucionado todos sus problemas, ya que la izquierda no es tan radical como antes y la derecha, impoluta, simplemente enlaza con la derecha del sistema liberal de la Restauración, que era perfectamente normal. Por consiguiente, según la visión conservadora, la derecha no tiene nada que ver con lo que sucedió en el franquismo.

Ambos enfoques se pueden discutir. La primera crítica que podríamos hacer es que, de alguna forma, el paradigma del fracaso que se rechaza por las dos partes es reintroducido de nuevo. Así, por parte de la izquierda, esa idea de fracaso se reintroduce por la vía del militarismo decimonónico, de la derecha montaraz, de la Iglesia como institución absolutamente obsoleta, etc. y desde la perspectiva conservadora, de derecha, esta concepción del fracaso español se reintroduce allí donde interesa: lo que estaba atrasado era la sociedad.

No obstante, como hemos dicho, cabría discutir ambos enfoques.

Lo cierto es que a finales del siglo XIX la cultura española no estaba ni mucho menos controlada por la Iglesia. Al contrario, la cultura española de la Edad de plata fue fundamentalmente laica y secular. La mayoría de los literatos españoles del momento no eran católicos practicantes, sino laicos y seculares.

También se habla de la fuerza popular que tenía el carlismo frente a un liberalismo que se suponía débil. Y sí, el carlismo tenía bastante apoyo popular, pero ¿dónde? ¿En toda España? No. Lo cierto es que los liberales ganaron todas las guerras civiles y los carlistas las perdieron. Es más, los carlistas jamás conquistaron ninguna capital de provincia, ni siquiera en el País Vasco o Navarra.

El carlismo, como hemos dicho, sólo tenía núcleos fuertes en Navarra, en el País Vasco, en algunas zonas del País Valenciano, en el Maestrazgo, pero no más. El carlismo nunca fue más fuerte que el liberalismo decimonónico. Jamás.

Así pues, el problema es la perspectiva de la norma; es decir, ¿hay anormalidades con respecto al resto de los europeos por cuestiones de atraso? ¿O todo ha ido bien, salvo un pequeño paréntesis? La respuesta a estas preguntas es muy sencilla: los españoles no podemos ser ni normales ni anormales, sencillamente porque no hay una norma europea, y si no existe una norma no se puede ser más anormal o menos. Europa no es idílica. Si lo fuera ¿dónde dejaríamos al nazismo, al fascismo, a la Francia de Vichy, que tanto se pareció a la dictadura franquista? ¿Dónde dejamos a la Segunda Guerra Mundial?

Y si hablamos de la cuestión nacional (España débilmente nacionalizada, los nacionalismos alternativos al español tiene mucha fuerza, etc.), lo cierto es que España es uno de los escasos países europeos que no ha perdido a lo largo de los siglos XIX y XX ni un centímetro cuadrado de territorio. Sin embargo, no se puede decir lo mismo de otras naciones europeas que se creen bien consolidadas, como las disputas entre Francia y Alemania por los territorios de Alsacia y Lorena, que han sido constantes a lo largo de estos años. Noruega, por su parte, se separó de Suecia; Irlanda del Reino Unido, y el nacionalismo escocés es incluso más independentista que, por ejemplo, el catalán. Es decir, la cuestión nacional no sirve para calibrar una supuesta anormalidad de España.

Así pues, los que sostienen la teoría del desastre español se preguntan “¿por qué en España no triunfó la democracia y en Europa sí?” Y ellos mismos se responden: “porque España en un país atrasado”. Pero lo cierto es que prácticamente todas las democracias europeas se hundieron durante los años 30. O se preguntan: "¿por qué triunfó el fascismo en España, como en Italia o Alemania?" Otra vez: “Porque España era un país atrasado”. Como se ve, la teoría catastrofista vale para lo bueno y para lo malo, con lo cual, lo que interesa retener es que al final esta teoría catastrofista no vale para nada, no explica nada, no sirve para nada.

Lo que debemos retener que la idea de la norma europea no sirve, porque no existe una normalidad europea y, por tanto, no puede haber una normalidad o anormalidad española. Así pues, debemos romper definitivamente con esa anquilosada idea de la normalidad europea y del atraso español. Y es que, como ya dije hace tiempo, España era, y es, un país tan extraño como cualquier otro.



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BAHAMONDE, Ángel; MARTÍNEZ, Jesús A. Historia de España. Siglo XIX Cátedra, Madrid, 2007

BERNECKER, Walter L. España entre tradición y modernidad Siglo XXI Madrid, 1999

SAZ CAMPOS, Ismael Fascismo y franquismo PUV, Valencia, 2004

domingo 28 de noviembre de 2010

La lágrima de plata

Por la mañana de nuestro último día en la ciudad de los rascacielos me levanté a eso de las 11. No os había contado antes que el matrimonio que nos hospeda tiene una hija, Erika. No os emocionéis, oh, público masculino de esta página, pues la chica no es una veinteañera universitaria, es una médico muy respetable que hace tiempo vive sola.

Así pues, Gus y Cohava han tenido que buscar algo con lo que llenar ese vacío: un gato. Su caso, evidentemente, no es único. Aquí en Nueva York la gente adora a los animales; gatos, perros, y los trata como a sus propios hijos. O mejor. Un vecino de nuestro edificio, de hecho, un hombre joven, saca a pasear a su perra todos los días. Bien, hasta ahí todo normal. Lo que ya no es tan normal es que el tipo la saque hasta la calle ¡en brazos! No sea que la perrita se vaya a lastimar las uñitas...

Bueno, pues Mr. Bear, así se llama el minino de nuestros amigos, no iba a ser menos. Él es el rey de la casa, y no tiene ninguna intención de compartir el trono con nadie (sea de la especie que sea). De hecho, desde que he llegado a esta casa, el gato me ha fichado como un "intruso". Todos los días clava sus felinos ojos en mi...


- ¿Quién eres tú y qué haces en MI casa? - parece estar preguntándome.

Yo mantengo mi posición, impertérrito. Eh, gato, tranquilo. No he venido a invadir tu territorio por la fuerza, yo no soy yanki.

En realidad no nos decimos ni una palabra, no hace falta. Las miradas hablan por sí solas...

En el desayuno, Gus me cuenta más o menos la vida diaria del Señor Oso (traducción literal de Mr. Bear). El gato duerme siempre con ellos, a los pies de su cama. Todos los días, a las 4 de la mañana, el gato despierta a Gus para que le dé de comer. ¡Todos los días a las 4 de la mañana! Además, el gato tiene su propio cuartito para hacer sus necesidades, campa a sus anchas por toda la casa cuando quiere y como quiere, sin rendirle cuentas a nadie... Lo tengo decidido: ¡Yo en mi próxima vida quiero ser gato en Estados Unidos!

Seis días es muy poco tiempo para tomarle el pulso a una ciudad, y más si esa ciudad es Nueva York. El caso es que ese era nuestro último día en la llamada capital del mundo y, curiosamente, no lo íbamos a pasar allí, sino en Nueva Jersey, el Estado que tiene al sur.

Así pues, nos pusimos de camino. Era un trayecto largo, así que me puse a combatir el aburrimiento haciendo experimentos con mi cámara...


Tras un buen rato haciendo otras fotos tontas que luego borraría, Gus nos puso la radio. Quiso tener un detalle con nosotros y nos puso una emisora en español... Tras casi media hora viendo a Chayanne y a Luis Miguel competir por ver quién hacía la canción más cursi, le dije a nuestro amigo que muchísimas gracias por el detalle, pero que prefería escuchar cualquier otra cosa...

Tampoco hizo falta esperar mucho más, porque enseguida llegamos a nuestro destino... Y es que Nueva Jeresey, concretamente la ciudad de Bayonne, alberga un bellísimo monumento dedicado a las víctimas del terrorismo. Se trata del To the Struggle Against World Terrosrism (literalmente "Para la Lucha contra el terrorismo mundial"), que está situado en un pequeño parque de la ciudad, a orillas del río Hudson.

Se trata de una lágrima de acero situada entre las entrañas de una torre de bronce que la sostiene. Ciertamente, es una preciosidad. Pero como una imagen vale más que mil palabras...


Si os gusta la foto, os aseguro que su visión al natural es algo espectacular.

La torre fue construida por el artista Zurab Tsereteli como regalo en nombre del pueblo ruso a los Estados Unidos. Está alineada con la famosa Estatua de la Libertad, que, de hecho, se puede ver desde allí.


Y esto no es algo casual, pues creo que así pretenden equipararla en importancia. Y yo diría que lo han conseguido.

viernes 29 de octubre de 2010

Zero

No puedo más, lo confieso: he sido infiel.

Sí, concretamente le he sido infiel a mis Choco Krispies, y se los he puesto con el Captain Crunch, que son los cereales que he estado desayunando todos estos días en Nueva York. He cambiado mi arroz chocolateado de toda la vida, tras 21 años de fidelidad ininterrumpida, por unos simples (y deliciosos) copos de miel.

Hoy vamos a ir a ver a un viejo amigo de Gus. Al llamar al asensor nos topamos con un cartelito en la puerta que dice Sabbath Day. Los sábados son sagrados para los judíos, así que han programado el ascensor para que se pare automáticamente en TODOS los pisos, de forma que todo aquel que sea judío practicante y entre en el edificio no tenga que hacer el costosísimo trabajo que supone apretar el botoncito para llamar a ascensor, con lo que cansa eso...

Hemos quedado a las 12 con el tipo en un resturante. Y allí llegamos, puntuales. Me pido un café con leche. Me lo traen. Según he observado, en este país siempre te ponen el café hasta arriba, con lo cual, cuando le quieres poner la leche ya no te queda sitio. Por no hablar de las dotes de equilibrista que tienen que tener los camareros para lograr llevarlo hasta la mesa sin derramar ni una sola gota.

Llega el amigo. Bobby Goldman, se llama. Roberto Hombre de Oro, dice él.

- Es que aprendí un poco de español en el instituto - me cuenta, en inglés.

Y allí estamos: Gus, Bobby, mi padre y el que escribe. Toda la conversación transcurre en inglés, y, como mi padre todavía no se defiende muy bien, hago yo de intérprete. Lo que pasa es que Bobby no habla como Gus. Gus conserva ciertas raíces europeas y su inglés es bastante claro y nítido, perfectamente entendible. Pero el de Bobby Golden no, porque Bobby Golden es 100% yanki, y los yankis hablan todos como si fueran ex fumadores ansiosos mascando siete chicles de nicotina a la vez. Así que me dije: Adrián, tienes que poner en marcha todas tus neuronas. Y ello hice, las cogí a las tres y las puse a trabajar.

Lo cierto es que no tuve apenas dificultades en entender y traducir, todo hay que decirlo. Si te hablan claro y tú pones atención lo demás es bastante fácil. No voy a contaros aquí la conversación porque fue la típica charla entre amigos, así que no tiene mucho interés. Yo me pedí para comer una hamburguesa (¡¿cómo no?!). Y tengo que decir al respecto que he comido otras muchas mejores hamburguesas que esa en España, pero estaba buena. Y Bobby Goldman, un tío muy majo, la verdad.

Luego fuimos a la tristemente conocida Zona Cero (Ground Zero). Antes de venir, había pensado que cuando escribiese este artículo no lo haría de forma muy abundante, sino más bien discreta y con respeto, pues no quería hacer un espectáculo del dolor que supuso, sobre todo para los estadounidenses, el 11 de Septiembre. Pero, aunque hubiera querido escribir mucho sobre el tema, no habría podido porque lo cierto es que no se puede decir gran cosa. La zona cero hoy no es más que un montón de edificios en obras, tal y como podéis ver en la foto.




Aclaración: todo lo que escribo no sucedió el mismo día en que lo cuento, sino uno o varios días antes.

lunes 25 de octubre de 2010

Un día en Central Park

Olvidaos de todo lo que hayáis visto, porque no se parece en nada. Central Park es un enorme bosque dentro de una ciudad aún más grande que la que os podáis imaginar. Supongo que todo el mundo habrá oído hablar alguna vez de este lugar, en alguna película o quizás en alguna serie. Quien sea forofo de Friends recordará que el bar en el que se reunían Rachel, Joey y toda la peña se llamaba Central Perk, en honor al célebre parque neoyorkino.

Nos pasamos horas caminando por allí. Puedes caminar, puedes alquilar una barca y dar paseos por el enorme lago que hay en medio del parque, el Reservoir Lake. Puedes subir al punto más alto del lugar: unas escaleras que terminan en un pequeño castillo de la primera mitad del siglo XIX. El castillo no me pareció gran cosa, pero las vistas son magníficas.

Central Park es un lugar magnífico si te apetece pasar un día relajado, si te quieres perder... tiene varias cosas curiosas, si eres observador (y si no lo eres, también) acabarás tropezándote con algunas de los cientos de ardillas que como esta pululan por ahí.


Otra cosa que me llamó la atención es que hay muchos bancos a lo largo del parque que están dedicados. Sí, con una placa en honor a alguien. Se supone que aquí tú puedes pagar una cantidad determinada a la entidad que gestiona el parque (que supongo será el Ayuntamiento de Nueva York) y perdirles que coloquen una placa en honor a quien tú quieras.

Luego también hay chavales jugando al béisbol, al baloncesto... En fin, lo normal. Pero lo que más te vas a encontrar por el parque es gente corriendo. A lo largo del día te puedes cruzar con cientos de ellos, de todo tipo. A veces van en grupo, otras veces solos.

De pronto me entró hambre. Así que le dije a Gus (nuestro amigo yanki) que quería comer algo, si fuera posible.

- Por supuesto, ¿qué quieres?

- Me gustaría comer algo que fuese típico de Nueva York.

- ¿Pizza?

- Pero la pizza es típica en todo el mundo. Yo quiero algo que sólo sea popular aquí, comida neoyorkina tradicional.

- ¿Hamburguesa?

- Pero la hamburguesa también es... Bueno, no importa.

Y es que ahí está el asunto. Los yankis no tienen una cosa que puedan llamar "cultura gastronómica estadounidense". Y apenas tienen algo a lo que puedan llamar "cultura". Si os paráis a pensar, Estados Unidos es uno de los pocos países, sino el único, que todavía no cuenta con un Ministerio o una Secretaría de Estado de Cultura. ¿No os resulta curioso?

Bueno, al final acabamos comiendo cada uno un hot-dog, que no es otra cosa que un perrito caliente, es decir, un bocata de pan blando con salchicha, ketchup y mostaza. Bueno, el tipo, en un alarde de creatividad, le puso además un poco de cebolla.

Y después de Central Park fuimos a... ¡Broadway!

Broadway, dicho friamente, no es más que una sucesión ininterrumpida de grandísimos carteles luminosos; pero es impresionante, y eso que sólo lo recorrimos en coche. Todos los lugares te incitan a entrar, a imaginar, a vivir... Te deja K.O. por un instante.


Para terminar el día, nuestros amigos nos invitaron a cenar a un restaurante chino. Es cierto eso que dicen de que la comida china es muy distinta dependiendo del país en el que estés, pues está adaptada a los gustos de las gentes de cada lugar. Así, la comida china yanki es mucho más abundante, más condimentada. Estaba riquísima. Sólo tuvo una pega: el arroz, que no sabía si comérmelo o usarlo como balón de fútbol. Aunque también podría haberlo cortado en cachitos y jugar al tetris. En realidad era un arroz con muchas ventajas, era un arroz multifunción.

Se me olvidó contaos una conversación que tuve con Gus y Cohava esa mañana en el desayuno. Hablábamos de nuevo de la sanidad, la educación, etc. ¿os acordáis de cómo Cohava me contó que aquí la educación es carísima, que si tenías tres hijos sólo podías pensar en enviar uno o ninguno a la Universidad? Le pregunté a Gus cómo era eso posible, le dije, como ya había mencionado antes, que, en España, el Estado corre con la mayoría de los gastos de la Universidad pública y que los estudiantes sólo hemos de pagar una relativamente pequeña parte (y eso si además no te conceden una beca).

Por lo que creí entender, y según la idea que yo me formé, en Estados Unidos impera el siguiente sistema: si quieres algo, cúrratelo tú mismo; si trabajas, serás recompensado, pero aquí nadie va a regalarte nada. Es decir, do it yourself, háztelo tú mismo.

Margaret Tatcher decía que los Estados de Bienestar europeos sólo crean ciudadanos vagos. Es decir, hay gente que, como sabe que el Estado le cubre las necesidades básicas (atención sanitaria, educación, subsistencia...), se dedica a vivir del cuento.

Fue así como en los años 80 dio comienzo, sobre todo en Gran Bretaña y en Estados Unidos con Reagan, la oleada de políticas neoliberales de privatización o semiprivatización de los servicios públicos del Estado de Bienestar.

Y no creo que nosotros debiéramos permitir que esto pase en España o Europa, porque es cierto que hay personas que sólo se dedican a vivir del Estado, pero también es cierto que son una ínfima minoría. Y no deberíamos dejar que la gente honrada y trabajadora pagase la culpa de unos pocos.

¿A vosotros qué os parece? ¿Qué opinais?